Lo llamaron para recibir el galardón al Ciudadano Perfecto. No recordaba haber hecho mérito alguno, pero tampoco quiso contrariar al comité. Le entregaron una medalla con forma de ojo abierto y un diploma donde se certificaba que durante años había evitado toda opinión incómoda, toda iniciativa innecesaria y todo gesto susceptible de alterar el orden establecido. Los aplausos duraron varios minutos. La presidenta del jurado destacó su trayectoria ejemplar: jamás denunció una injusticia que no lo afectara directamente, jamás formuló una pregunta inconveniente y jamás se dejó arrastrar por el vicio de pensar en voz alta. Cuando le preguntaron el secreto de su éxito, permaneció en silencio. Aquella respuesta le valió una segunda medalla.