La orfandad política de los críticos

Este mensaje está dirigido a los ciudadanos políticos, no a los políticos en ejercicio (no por falta de ganas o epítetos, sino porque su culpa se limita a aprovecharse del pendejismo histórico dominicano).

Los políticos en ejercicio conocen por referencia histórica, cultural o empírica la conveniente ingenuidad en la cual cae quien recibe una caricia metálica motivacional, la infalible táctica para salir victorioso de un proceso electoral, y la incuestionable verdad de que participar en procesos políticos se ha vuelto más lucrativo que poseer una mina de oro: los partidos podríticos tienen plena consciencia de lo provechoso que es exhortar a los ciudadanos a que «entreguen sus cabezas al entrar», en vez de labrar una ideología crítica.

Cultivar la crítica es tan difícil como encontrar un político honesto. Lo primero requiere de conocimientos orientados a cosechar virtudes, un pilar formativo diverso, una base hereditaria ecuánime, ideológicamente estable y de convicciones inalterables; lo segundo demanda un individuo desprendido de las ideas de poder, careciente de la inmensurable necesidad de ser mitificado y alabado, que cuente dentro de sus atributos la vocación de servir y no ser servido, de una verticalidad ética fundada en convicciones.

Pero aun encontrando a este político utópico, me es imposible ignorar lo presenciado en los procesos electorales que comprenden el lapso entre los años 2008 y 2016. Con la suspicacia que caracteriza la búsqueda inclemente de la verdad, he chocado de frente con la idiosincrasia política real del dominicano, que lejos de recordar y emular las enseñanzas de sus líderes históricos y afianzar sus legados, se aleja cada día más de su formación y sus doctrinas morales. Y que conste, no hablo de los políticos —«Aquella categoría de hombres cuya única convicción es su falta de convicción», como los bautizó un personaje funesto de la historia—, me refiero de forma lamentable a los votantes. Los responsables directos de optar por candidatos horribles, que se pasan meses mintiendo de forma absurda y aun así son elegidos, mesianizados y protegidos como si se tratara de salvadores que traen con ellos el elixir de la bonanza social.

Me refiero a los votantes porque a los políticos los elige el grueso de la población (¡salve, oh democracia!), y contrario a toda lógica (escupo en el individualismo como dogma social), la población no tiene intereses comunes, tiene intereses particulares. Esa condición egoísta y codiciosa es un plato suculento para los políticos culiparlantes que buscan explotar y manejar a su antojo los recursos estatales.

La manifestación individualista del sufragio (cimiento por excelencia de la democracia) acontece cuando la política degenera y se convierte en politiquería: una repugnante degradación deontológica, práctica e ideológica. Y es aquí cuando el dominicano salta la condición inherente de ciudadano político a la barda de la politiquería, que comienzan los mugrientos y repulsivos actos eternos de los sujetos políticos y su eternización como norma.

Dentro de su propia concepción, la mayoría (sin excepción de pendones políticos) es incapaz de votar por un candidato contrario a su partido de simpatía, aunque sea superior o tenga condiciones notorias. No soporta —ni resiste en silencio— un análisis que da resultados distintos a sus cómputos (medidos usualmente con el infalible sustituto del método científico conocido como «boca de urna»); descalifica a quienes ofrecen resultados diferentes y los tilda de traidores, argumentando un atentado contra la democracia; incurren en argumentos vacíos, retóricas absurdas, lanzan uno que otro apelativo despectivo y tienden a convertirse en vocingleros mientras menos razón tienen. Auguran victorias imposibles a toda luz y se creen virtuosos políticos, a la vez que vaticinan márgenes abiertos de derrota para el contrario. Estos filosofastros políticos son incapaces de unir fuerzas ante un momento de indignación nacional generalizada, ni con el fin de contener el intento de absolutismo de agrupaciones que se anquilosan en el poder.

El ego es tal, que no les permite —pensando en el bienestar común— aceptar que su percepción inicial puede ser errónea y votar por un candidato que claramente tiene mayor habilidad y capacidad de gobernar. Durante el activismo político de quien coyunturalmente sea el candidato contrario, arroja acusaciones de un lado e improvisa historias epifánicas del otro, consiguiendo convencer a cientos para que —igual que él— caigan como inocentes mariposas; y llevarlos a amarlos, defenderlos y exaltarlos como los esclavos hambrientos al patrón: «El que por su gusto es buey, hasta la yunta lame».

Estos ciudadanos que ponen todo su empeño, fe y bolsillos a disposición del mejor postor, no terminan de entender que sufragar con consciencia implica la elección del mejor candidato/propuesta, independientemente del partido sobre el cual descanse su simpatía: olvidan que un patriota de verdad es aquel que está listo y dispuesto a defender su país: de extranjeros, con las armas; de nacionales, con la opinión y el voto.

Entre estos personajes pintorescos que conviven en nuestro sistema y que constantemente se constituyen en defensores, tumbapolvos y vividores, existe en su hábitat natural el ciudadano político fanático, que al escuchar un argumento contrario al partido que milita o por el cual simpatiza, refuta sin medida con una respuesta airada, condescendiente y disparatada que siempre circunda la acusación de que el emisor es del partido opositor; si es de la oposición, la respuesta al oficialista bordea la imputación de vendido-bandido, ladrón o comecheque. Ambos tienden a dudar de la honorabilidad de los críticos (sustentados, me temo, en aquel refrán del ladrón) que se mantienen al margen de banderías y velan por la verdad. Sus opiniones siempre contornean alguna promesa que les espera si «su candidato» gana, sin dejar de asemejarse a un vuelo de buitres en acechanza. Olvidan que no todos necesitamos ser esclavos de dos pesos cuando podemos honradamente vivir con uno: unos tenemos valores, otros tienen precio.

Mientras estos ejemplares ciudadanos políticos continúen sumidos en la (ventajosa) ingenuidad por conveniencia, los políticos seguirán viviendo bajo el lema «Esta noche fiesta y mañana gallo». Mientras nosotros, los que intentamos construir obras dando pequeños pasos, los que creemos en la madurez que puede alcanzar la sociedad si trabajamos juntos, los que luchamos por institucionalizar la transparencia estatal, viviremos siempre bajo el escrutinio de aquellos que carecen de honor y anhelando, un día más que otro, que algún Pizarro trace una línea y más de trece hombres nos acompañen a cruzarla.

Luis Decamps Blanco

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