—Casarse no es nada del otro mundo, incluso uno va más suave—me dijo un amigo. —No estoy de acuerdo contigo para nada. Para mí es algo delicado y complicado— le respondí.
Así comienza una conversación que se transforma en un acalorado debate en cuestión de minutos: ¿Es el matrimonio como lo venden?
Como en cualquier debate, no hay verdades absolutas. No hay puntos errados ni vertientes absurdas, solo ideas encontradas y retóricas disidentes. El debate sobre el matrimonio y sus particularidades no es distinto, ya que comprende los análisis individuales de cada persona usualmente circunscrita a su realidad o su experiencia. Dicho esto, en temas de comportamiento humano tan estrechamente relacionados con los prejuicios y las construcciones sociales, es casi imposible centrarse en el razonamiento lógico.
El matrimonio, después de todo, viene cargado de una serie de responsabilidades que no son compatibles con el comportamiento de la vida de soltero. Y no hablo de celos, de irracionalidades o grandes complicaciones que podrían surgir en la vida en pareja. Me refiero a lo banal, a las trivialidades que consumen gota a gota la sagrada promesa del altar (o de la oficialía civil).
Dependiendo de la decisión que una persona toma al momento de elegir pareja, su estilo de vida cambia enormemente… o bueno, tal vez un poco. Y aunque el cambio sea sutil, es perceptible; superficial, pero molesto; fugaz, pero angustiante; justo como una astilla cuando se clava en un dedo. Contrario a lo que las instituciones sociales quieren sembrar en la psique del individuo, no todo el mundo tiene que casarse, no todo el mundo debe casarse y no a todo el mundo tiene que gustarle la idea de casarse.
La edificación social del matrimonio conlleva una serie de obligaciones que no todo el mundo puede soportar. Hay una parte ética y moral muy frágil en la vida matrimonial, no solo como ente principal de la sociedad, sino como sujeto regulador de costumbres y creencias. Las mujeres, como piedra angular del matrimonio, construyen una concepción del matrimonio completamente contrapuesta a la del hombre, tanto en el plano abstracto de lo ideológico, como en lo físico.
Esa edificación te inclina a volverte una sola persona —una estupidez enorme—, que vive bajo un juego de normas que ambos aceptan al casarse —una completa farsa— y a creer que la unión es una esfera de liberación y no de constricción. Claro, en este contexto, esta acción de constreñir no implica una estrangulación de individualidad, sino más bien un elemento limitativo sobre las libertades.
Como en todo, cada aspecto del matrimonio no solo dependerá del nivel ético, moral y cognitivo de cada uno, sino de su nivel de compromiso. Esto significa que cada uno entrega, renuncia y abandona —de forma muy conveniente— parte de su personalidad para «hacer que funcione». Dentro de la subjetividad de este asunto, existen quienes opinan que su buena experiencia es basada exclusivamente en mérito, virtud y esfuerzo, y no suerte…¡Pobres ilusos!
Es prudente hacer una distinción entre el matrimonio canónico y la unión libre o concubinato, ambos válidos entre las esferas de la razón. El primero cumple con todos los «estándares sociales», el segundo ha sido acuñado —igual que en cualquier Estado que se respete— como una adhesión laica de costumbre. Aunque el origen de estas uniones es distinto, la finalidad es la misma: la abundancia y el júbilo de los individuos que forman la comunidad. El miedo al matrimonio es por igual una obra social, que impide ver con claridad cuáles serian las ventajas y las desventajas. —La gente se casa porque se ama— dicen algunos. Pero si amarse fuera la única razón para tomar ese paso, deberían permitir que cualquier persona contraiga nupcias con cualquier individuo, así este figure en su árbol genealógico. ¿Estamos de acuerdo entonces en que casarse porque se aman no es suficiente?
El cambio que sufres al contraer matrimonio es independiente de las ganas o deseos de querer hacerlo. No quiere decir que vas a volverte un ser irreconocible o divorciado del individuo prematrimonio, pero de forma inconsciente —y necesaria—, el cambio es inevitable. Al instante de comenzar a convivir como pareja, existe un cambio inmediato en el comportamiento distintivo de cada uno, muestra pura de instinto de supervivencia, no de preferencia. Este cambio es sin aviso, irremediable e imperceptible. Entonces, cambiar algo por una necesidad de adaptabilidad por llevar «la fiesta en paz» y no por deseo, ¿no es justamente eso una discrepancia existencial? Que exista un cambio aunque sea minúsculo en lo que tú eres, cómo te gusta y cuánto te gusta —de forma consciente o no—, ¿no comprende esto un conflicto interno automático?
Este cambio, sin embargo, es fundamentalmente inconsciente. El ajuste a la vida matrimonial será una transición ligera por el hilo de la cotidianidad, la sombra de la monotonía y las rutinas sanas, siempre y cuando exista ecuanimidad en las interacciones. El consenso de las partes es esencial para la convivencia. Y para que esto sea posible, una de las partes tiene que ceder: las imposiciones son incompatibles y crean, de forma implacable, una crisis.
Los cambios, si se saben concretar y dirigir, son sanos y perceptibles para el cónyuge por la felicidad que esto le significa. Por otra parte, son imperceptibles para aquél que está fuera de la relación: este no convivió con el comportamiento anterior y notará el comportamiento nuevo como algo propio y no algo moldeado.
El noviazgo, a diferencia de cómo la sociedad, su base moral y religiosa/espiritual lo plantea, no es inherente al matrimonio: una base sólida puede ser creada sin que el noviazgo sea extenso, incluso sin que este exista previo al matrimonio. Se inculca la figura del noviazgo en los jóvenes como medida preventiva, como una «prueba y error» para el matrimonio. Como si fuera una entrevista y una fórmula legítima para descubrir las costumbres, mañas, manías, inseguridades, caprichos y secretos que arrastran sus vidas. Aún peor, los convencen de que por amor hay que aceptar y saltar esos defectos, cuando en realidad inadvertidamente solo están cediendo ante ellos. Obviando que contrario a olvidarlos, esperan que algún día cambien, ya que después de todo: «si yo lo acepté por amor, ¿por qué no puede esa persona cambiarlos por amor?»
Una base sólida puede ser construida contando con la madurez emocional de los individuos, las similitudes en su pasado (crianza, costumbres y valores) y la visión común del porvenir. Esto, sin embargo, tampoco es una fórmula infalible ni una panacea, es meramente un ancla.
Uno no controla la vida que le toca, la persona con la que elige pasar esa vida si. Adentrarse en un desafío con certeza de que todo saldrá bien, es válido, pero es una visión muy ingenua cuando hay seres humanos —irracionales, volátiles e imperfectos— de por medio. Con este planteamiento sentado, no quiero que se interprete que establezco al matrimonio como una entidad del mal, por el contrario. Mi interés reside en instaurar la noción de que no es la entidad perfecta ni el elixir de la bonanza eterna, como nos vende de forma cáustica la sociedad. Sobre todo en nuestro país, donde aproximadamente el 41% de los matrimonios, termina en divorcio.
Sería un sacrilegio desconocer una de las luces más básicas del ser humano: su necesidad de emancipación, de libertad. Todas las luchas que uno puede recordar, desde las rebeldías hasta los deseos más nobles del espíritu, son luchas para ser autónomo, tener un mérito que celebrar y con el fin de lograr una meta: la independencia. Entonces, en ese mismo momento, cuando estás en la cúspide de la independencia anhelada, cuando consigues nimiedades (unas materiales y otras espirituales), cuando más sientes estar listo para vivir, cuando alcanzas el pináculo de la soberanía personal… justo en ese momento, se lo entregas a una persona en cambio de seguridad, comodidad, bienestar y estabilidad emocional.
Contrario a lo que podrían implicar estas líneas, mi interés no consiste en ahuyentar a nadie que quiera casarse ni emprender una perorata en contra de la institución del matrimonio, no. La intención es que el individuo tome esta decisión entendiendo que será el cambio integralmente más importante de su vida y que simplificar su estampa no es la manera más óptima, ni la más racional, para verlo funcionar y subsistir.
Mi interés, por encima de todo, es basado en una relación romántica con la verdad y un roce pasional con el amor eterno. Es motivado por una rebelión de conciencia, ante el asco que siento al presenciar en nuestros días, la banalización de la que ha sido objeto esta sagrada alianza y su noble búsqueda existencial: la felicidad.
Luis Decamps Blanco
I believe there are a few point that you’re contradicting yourself
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