¡NO MÁS IMPUNIDAD!

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Faltando solo dos días para la caminata por el fin de la impunidad, todavía hay personas que no han entendido su finalidad: mostrar unidad social ante un problema que nos afecta a todos.

Personalidades de todas las esferas de la sociedad han manifestado su apoyo a la caminata, incluso aquellas de la oposición y el oficialismo político (amén de las razones que tengan). Un grupo de gamberros, al contrario, sigue insistiendo que es un artilugio politiquero y no una legítima lucha social. Éste es un juicio tristemente desatinado, ya que no existen protestas sociales que no sean inspiradas por razones políticas. Aristóteles, en su infinita erudición, planteó que el hombre es un «zoon politikón», es decir, un animal político, que debía evitar las injusticias y abogar por la estabilidad económica de la sociedad.

Quiénes eligen, ayudan y defienden corruptos, no son víctimas, son partícipes. De igual forma, permitirles a nuestros gobernantes destruir los pilares fundamentales de nuestra débil democracia a través de la corrupción y la impunidad, nos hace cómplices. Ésta cohesión social es necesaria, para doblegar la voluntad política, conseguir que el Estado sucumba ante el fervor justiciero de la conciencia del pueblo y restaure la salud institucional del país.

Más allá de marchas y llamados sociales, es necesario que el pueblo auspicie un estremecimiento de las raíces del partidismo político dominicano. Los apasionamientos políticos lejos de dividirnos o hacernos caer en decadencia, deben unirnos, ya que luchamos contra el mismo enemigo y los mismos malhechores. Es evidente que la desconfianza del pueblo en las instituciones del Estado es culpa de la politiquería partidista y no de la política. Somos perturbados diariamente por las injusticias que se cometen con los que no tienen quien abogue por ellos, mientras los malhechores ríen, se lucran y viven en lujos; en palabras de Eduardo Galeano: «La justicia es como las serpientes, sólo muerde a los descalzos».

Éste sistema de democracia necesita del despertar del pueblo, no para imponer pasiones partidistas, sino para pedir cuentas. Ésta no es la democracia perfecta, pero fue la que conquistamos. Y tomó a nuestra ascendencia mucho esfuerzo, muchas lágrimas y mucha sangre, para pendejamente tolerarle a una caterva de insulsos, rateros y corruptos, destrozarla y destruirla sin impedimento.

La caminata no puede circunscribirse a un acto de corrupción coyuntural, nosotros portamos intrínsecamente ideales revolucionarios y no podemos permitir que nuestra moral social siga siendo vil e impunemente saqueada. No podemos permitirles a nuestros gobernantes que nos subyuguen en una inopia absoluta, mientras ellos asaltan las arcas del Estado. Debemos romper el círculo vicioso donde la corrupción es el resultado final de la impunidad: quién viola las leyes y sale ileso, repite hasta más no poder su voraz intento de lucrarse del erario.

Lo que hace falta es unidad social, una que aniquile la corrupción y que luche contra las instituciones que no cumplen sus mandatos, su razón de existir y su importancia social. Bahía de las Águilas, Loma Miranda, el 4% a la educación, la lucha contra la violencia de género, el aumento salarial del sector salud, la captura de la «Banda Percival» (y con algo de suerte Odebrecht); todos estos acontecimientos son una muestra innegable de que cuando el pueblo habla, los gobernantes están obligados a escuchar.

No permitamos que nos limiten. Gracias al reclamo ciudadano gozamos hoy de derechos. No nos conformemos con que proteste una cantidad limitada de gente, protestemos como pueblo. El pueblo eres tú, el pueblo soy yo: ¡El pueblo somos todos!

La probidad es un bastimento necesario para que nos transformemos en demócratas que actúan con integridad ciudadana en contra de los traidores sociales y sus actos de arbitrariedad. Estos actos de podredumbre tienen de protagonistas a los histriones desleales, pérfidos y repugnantes de siempre: los corruptos. La norma no puede consistir en que política y administración honrada formen una dicotomía y les sea permitido de manera impune, corromper la sociedad: para conseguir justicia social, necesitamos ética individual.

Hacer lo correcto porque se tiene miedo, es instinto de supervivencia; hacer lo correcto porque se tiene valores y convicciones, es signo de virtud. Debemos luchar para ser escuchados, para recuperar las buenas prácticas estatales y para salvar nuestra patria, de la nefasta desaparición de institucionalidad, a la que nos llevan encaminados.

No podemos permitirles silenciarnos, con sus distracciones envueltas en migajas de pan ni con sus hechizantes actos circenses. Recordémosle a los gobernantes que los gobiernos pasan, pero los pueblos son eternos. Exijamos justicia, que caigan los culpables, que paguen quienes nos han ultrajado, y no desistamos nunca, ya que —parafraseando a Goethe—: Sus estridentes ladridos, sólo son señal de que estamos cerca de lograr un cambio.

 

Luis Decamps Blanco

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