Donald Trump: Un chiste de borrachos que se volvió realidad

El resultado de las pasadas elecciones presidenciales de Estados Unidos de América (EUA) –304 votos electorales para Donald John Trump, 227 para Hillary Diane Rodham Clinton– sacudió a los norteamericanos, estremeció al mundo, a millones de personas que votaron por Clinton y al amontonamiento de antagonistas políticos, sociales y económicos que enfrentaron al candidato del Partido Republicano.

Trump, quien lanzó su candidatura presidencial por la red social Twitter el 16 de junio del 2015, usando la consigna «Let’s Make America Great Again» o «Hagamos de Estados Unidos de América un gran país de nuevo», arrasó con sus contrincantes en las primarias republicanas y, posteriormente, en las elecciones presidenciales. Todo esto sin ser un hombre carismático, sin tener liderazgo social ni poseer destrezas políticas. Lo que sí tuvo, fue un equipo de publicidad y comunicación estupendo, el público perfecto y probablemente la mayor arma humana de doble filo que existe: la corrección política.

Refiriéndose a unos comentarios hechos por Trump acerca de un periodista discapacitado, la eterna e inmensa Meryl Streep en el discurso de aceptación que pronunció al recibir el Premio Cecil B. DeMille en la ceremonia anual de los Premios Golden Globe, dijo con cara acongojada y voz quebradiza: «El irrespeto invita al irrespeto. La violencia incita violencia. Cuando los poderosos usan su posición para acosar  a otros –refiriéndose al bullying–, todos perdemos». Ante su atinado comentario cabe preguntarse (fuera del discurso racista, misógino y homófobo de Trump, el cual eso es incuestionable): ¿acaso no fue bullying lo que a Donald Trump le hicieron la prensa, Hillary Clinton, el Partido Demócrata, Hollywood, el empresariado, una sección del Partido Republicano, líderes mundiales y el establishment?

Cabe resaltar que la victoria de Trump fue multifactorial –como cualquier victoria electoral–, pero ganó la carrera a la presidencia porque todo un conglomerado hegemónico decidió hacerle bullying a un hombre que representa la mayoría étnica y cultural de EUA. En un mundo, que condena todo lo que hiede a bullying, transmitiendo repulsión social e impulsando la creación de movimientos que han recibido apoyo total de los organismos internacionales. El bullying, o acoso, en general crea empatía y ha encontrado una industria publicitaria y de medios de comunicación masiva que aparte de ser un lavatorio de inmoralidad, intenta lucrarse hasta del sufrimiento humano.

Se ha masificado el bullying de tal forma, que se ha convertido en exigencia social endosar públicamente cualquier lucha contra una minoría, ya que de hacer lo contrario, podría uno ser tildado de fóbico o de ista. ¿Alguien se ha preguntado acerca del efecto colateral que crea la indignación desmesurada ante el bullying? ¿Qué efectos tienen los ismos e istas en el resto de la población? Se tiene por costumbre creer que estos ismos sólo encuentran apoyo cuando afectan a una minoría. Los hechos demuestran lo divorciado que está ese razonamiento de la realidad y la empatía con la que se alzó Trump, es una muestra fehaciente.

¿Qué institución pública o privada puede contenerse ante una oportunidad de embellecer su imagen con un mensaje positivo y antibullying? ¿Qué personalidad puede negarse –sin parecer probullying –a aparecer en un comercial con un mensaje defendiendo un ismo? ¿Qué medio de comunicación masiva podría admitir que un tipo de bullying, no le parece bullying? Es como si defender cualquier cosa que parezca acoso –aunque no lo sea– se ha convertido en una parafilia. Cuando se trata del ser humano –parafraseando a Aristóteles– el equilibrio es lo único que no peca.

En el caso de Trump, además de favorecerse inmensamente por el bullying –haciéndole ganar empatía y consecuentemente popularidad–, se chocó con un pueblo norteamericano cansado de políticas progresistas y una Mass Media que encontró lucro en las excentricidades del magnate. Esto último lo aprovechó para mantenerse siendo tendencia –desde las primarias– en todos los medios de comunicación masiva, quienes le dieron exposición y cobertura mediática 2.5 veces mayor que a Hillary Clinton, mientras pagaba 40% menos.

Ese mismo pueblo norteamericano –sin que causara sorpresa–, ratificó el dominio republicano en todas las esferas gubernamentales, sumándose a la victoria presidencial: el Congreso (55% en el Senado y 52% en la Cámara de Representantes), los gobiernos estatales y una nominación –seguramente conservadora– para llenar la vacante de la Suprema Corte de Justicia de EUA.

A pesar de que el Partido Republicano consiguió el control de los 3 poderes del Estado, esto no le representa poder absoluto a Trump. Siendo esta la realidad, es un alivio ya que él —igual que los demás candidatos—, lejos de aspirar a la presidencia por altruismo o filantropía política, lo hizo por el poder. Esa búsqueda de poder «por poder» o por los beneficios del asiento en el despacho oval, no debería sorprenderle a nadie: «Quien hace política —dijo Weber— aspira al poder; al poder como medio para la consecución de otros fines (idealistas o egoístas) o al poder “por el poder”, para gozar del sentimiento de prestigio que él confiere».

Donald John Trump fue indiscutiblemente electo presidente por los estadounidenses. Teniendo en cuenta el viejo adagio que dice «lo que es igual no es ventaja» y que el sistema de Colegio Electoral es el que ha usado Estados Unidos de América desde su primera elección en 1788-89, la única verdad objetiva es que los ciudadanos norteamericanos tomaron una decisión legítima y soberana, y cruzando el Rubicón, echaron a la suerte su voto.

Luis Decamps Blanco

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