Tragedia, zozobra y ejecución

Es imperativo establecer el siguiente axioma: La delincuencia puede ser combatida. Con el caso de John Percival Matos, se apreció que lo único que hace falta es voluntad política y unidad social.

¿Acaso somos tan ilusos para creer que las mismas autoridades que del 14 de septiembre al 26 de diciembre (103 días) no pudieron dar con el paradero de John Percival Matos, en 1 día y aproximadamente 21 horas, darían con él?

El humanismo nos implora instaurar la siguiente máxima: la muerte del delincuente más ruin y despreciable mediante ejecución extrajudicial o sumaria, lejos de ser un logro, es un fracaso.

El hecho de que como sociedad lo que se esté pidiendo no sea justicia sino violencia y muerte, llama a una profunda reflexión. Los mismos derechos que tenemos nosotros gracias a la Constitución, los tenía John Percival Matos y fueron violentados.

Todos vimos las fotos, los videos, la escena del supuesto intercambio de disparos… ¿Soy el único al que el escenario del presunto intercambio de disparos le pareció un patíbulo? Dentro de un vehículo. 29 impactos de proyectil en la puerta (en su cuerpo y en el interior del vehículo se cuentan más). Cientos de efectivos de la Policía Nacional contra 1 hombre. ¿No tenemos un buen francotirador? ¿Acaso debemos creer que los efectivos de nuestra Policía Nacional (organismo encargado de defensa y seguridad ciudadana) fueron con la intención de apresarlo y no de matarlo?

Lo pregunto porque en medio del «intercambio de disparos» y dado el hecho de que él presuntamente estaba dentro de un vehículo inmovilizado, un francotirador promedio debía poder atinarle —con 2 o 3 intentos— y herirlo o inmovilizarlo. Si John Percival Matos murió dentro de ese vehículo con todos esos impactos de bala, no fue un intercambio de disparos: ¡Fue una ejecución!

Contrario a lo que parece, no me olvido de Bienvenido García Núñez y sus 6 hijos, el dolor de su familia y su sed de justicia, no, me uno a ellos. Pero pedir sangre no es la solución. ¿Pagó John Percival Matos por sus crímenes? ¿Acaso su ejecución le sirvió de consuelo a la familia García Núñez? ¿Cómo puede la sociedad tener paz sabiendo que se ajustició a un ciudadano, contrario a lo que establece la Constitución? ¿Acaso una ejecución extrajudicial resarce a la sociedad? ¿No repudiamos, juzgamos y condenamos al cómplice tanto como al perpetrador? Entonces, con nuestra indiferencia, inacción y pretensión de sangre, ¿No nos convertimos en cómplices de la ejecución de un hombre que debió ser capturado, procesado y condenado? ¿Cómo podemos exigir justicia y que se cumplan las leyes cuando la forma que usamos para honrar la memoria de un hombre vilmente asesinado, fue asesinando a otro? Si le damos gatillo libre a las autoridades y rienda suelta a las violaciones de derechos constitucionales, en palabras del poeta romano Juvenal: «¿Quién vigilará a los vigilantes?».

No defiendo al ladrón y asesino, defiendo al ciudadano dominicano con derechos. Derechos que ordenaban que fuera detenido, juzgado de forma pública, oral y contradictoria —respetando el debido proceso—, y de ser sentenciado de conformidad con el Código Penal de la República Dominicana, cumplir con la finalidad de existir de las sanciones: resarcir. Todo esto tomando en cuenta la proporcionalidad entre el delito y la pena, y como no estamos en la Edad Moderna, proporcionalidad en éste caso no se refería a la Ley del Talión. No olvidar que en nuestra historia reciente, en las épocas de Rafael Leónidas Trujillo y de Joaquín Balaguer, las autoridades elegían a punta de pistola quiénes eran delincuentes y les daban muerte como si de ganado se tratara, ¿a eso queremos volver? En este episodio fatídico, satírico y circense, por encima de todo se pusieron de manifiesto dos cosas: no se acabó la delincuencia, no se cumplió la ley. Dicho esto, quisiera entender qué es exactamente lo que causó felicidad y algarabía, ¿que la policía trató a John Percival Matos como él y sus adeptos trataron a Bienvenido García Núñez? ¿Que tal cual sociedad salvaje, selvática y de juicio vacío ante los problemas sociales, actuamos como carroñeros consumiendo distraídamente lo que nos dejaron sin percatarnos de los peligros adyacentes?

La delincuencia nunca justifica una masacre ni una ejecución; los actos inhumanos no pueden tener espacio para repetirse. ¡Nunca! La delincuencia no es algo nuevo ni aislado: ¡nos afecta a todos! Puedo asegurar que no se solucionará combatiéndola con violencia citando a Eduardo Galeno: «La violencia engendra violencia, como se sabe; pero también engendra ganancias para la industria de la violencia, que la vende como espectáculo y la convierte en objeto de consumo». La forma de enfrentar y solucionar la delincuencia, es con una metamorfosis integral de sus perpetradores y las causas que los llevaron a delinquir, estableciendo de forma lacónica que al delincuente común —como al de cuello blanco— tiene que caerle todo el peso de la ley. Siempre. En momentos como éste es propicio no dejarnos llevar por las emociones y entender que la delincuencia es un problema social y político, no para politiquería. Abanderizar todo es justamente lo que nos ha llevado a éste abismo moral donde la delincuencia y la corrupción han secuestrado nuestra sociedad. No deberíamos sentirnos complacidos ni orgullosos de que quiénes están señalados a protegernos —desde el presidente que ordena hasta el subalterno que ejecuta—, violen las mismas disposiciones que los consagran como nuestros defensores.

Es peligroso y preocupante cuando nuestro presidente —quien juró protegernos y a nuestra Constitución— actúa como lo hizo Nerón ante los reclamos del vulgo, pidiendo la sangre de los cristianos.

Como población, estamos sujetos día a día a la merced de los poderosos (grupo al que la delincuencia se ha sumado) y nuestro único escudo es tratado como un pedazo de papel inservible que nadie respeta y que lejos de asumirse como pináculo de nuestros derechos, se decide desconocer y descartar a conveniencia.

Tenemos que aprender a pedir justicia. Justicia de verdad, no sangre y muerte. El jurista Ulpiano fue escueto, pero rotundo, en su definición de justicia: «La continua y perpetua voluntad de dar a cada quien lo que le corresponde» y ésta, no inspira a creer que la venganza es una forma de conseguir justicia; el fin de la venganza es causar agravio, el de la justicia es reparar. Y esa ejecución feroz, pública, inhumana, brutal y sanguinaria… no reparó nada. Solo laceró nuestra moral, lesionó nuestro humanismo y no resarció, en lo más mínimo, nuestro deseo de que John Percival Matos pagara por su crimen. Lejos de hacer justicia o hacerlo pagar, le fue obsequiado un escape glorioso.

Glorioso, porque «El dolor es un ensayo de la muerte», y una muerte imprevista, repentina e indolora, es solo una salida placentera para aquellos cobardes que temen sufrirla.

Luis Decamps Blanco

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