Es absurdo criticar la formación de alianzas de la oposición nacional, máxime cuando estas tienen como fin ulterior minar el poderío hegemónico ostentado por los miembros del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), quienes continúan intentando eternizarse en el mando constitucional (irónicamente con alianzas de su propia principalía). Pero incluso aunque no fuera esa la razón de los opositores, las alianzas coyunturales son necesarias para garantizar la estabilidad y la gobernabilidad.
Candidatos y candidatos
Siempre se encontrarán argumentos a favor y en contra de la democracia. Que personas como las que inscribieron sus precandidaturas este fin de semana puedan hacerlo, podría ser usado por ambos bandos como un punzante y certero argumento. Sigue leyendo
Teresa Gómez – Aquí, la puerta abierta…
Aquí, la puerta abierta,
unos gatos que muerden basuras y esperanzas
esta marejadilla sin plata que arrasar
y aquí suelo dejarme,
Jairo Guzmán – La muerte
La muerte es un espectro
que no tiene ojos
ni oídos Sigue leyendo
Jaime Sabines – Amor mío, mi amor…
Amor mío, mi amor, amor hallado
de pronto en la ostra de la muerte.
Quiero comer contigo, estar, amar contigo,
quiero tocarte, verte. Sigue leyendo
Carta José Martí a Máximo Gómez (13-09-1892)
Al General Máximo Gómez
Santiago de los Caballeros, Santo Domingo
13 de Septiembre de 1892
Sr. Mayor General del Ejército
Libertador de Cuba
Máximo Gómez
Señor Mayor General:
El Partido Revolucionario Cubano, que continúa, con su mismo espíritu de creación [redención] y equidad, la República donde acreditó Vd. su pericia y su valor, y es la opinión unánime de cuanto hay de visible del pueblo libre cubano, viene hoy a rogar a Vd., previa meditación y consejo suficientes, que repitiendo [renovando] su [el] sacrificio ayude a la revolución como encargado supremo del ramo de la guerra, a organizar dentro y fuera de la Isla el ejército libertador que ha de poner a Cuba, y a Puerto Rico con ella, en condición de realizar, con métodos ejecutivos y espíritu republica, el [su] deseo manifiesto y legítimo de su independencia. Sigue leyendo
Carta de José Martí a Máximo Gómez 20-10-1884
New York, Octubre 20 de 1884
Señor General Máximo Gómez
New York
Distinguido General y amigo:
Salí en la mañana del Sábado de la casa de Vd. con una impresión tan penosa, que he querido dejarla reposar dos días, para que la resolución que ella, unida a otras anteriores, me inspirase, no fuera resultado de una ofuscación pasajera, o excesivo celo en la defensa de cosas que no quisiera ver yo jamás atacadas,-sino obra de meditación madura: -¡qué pena me da tener que decir estas cosas a un hombre a quien creo sincero y bueno, y en quien existen cualidades notables para llegar a ser verdaderamente grande!-Pero hay algo que está por encima de toda la simpatía personal que Vd. pueda inspirarme, y hasta de toda razón de oportunidad aparente: y es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, establecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo. Sigue leyendo
Carta Hipólito Mejía a Leonel Fernández
Transcripción hecha con estricto apego al original
R. Hipólito Mejía D.
27 de julio del 2005
Santo Domingo, D.N.
Dr. Leonel Fernández Reyna
Presidente Constitucional de
la República Dominicana
Palacio Nacional
Santo Domingo
Señor Presidente:
He leído en los periódicos nacionales afirmaciones suyas y de algunos de sus funcionarios del área económica, donde se atribuye a la supuesta mala política económica de mi gobierno la causa determinante de la crisis bancaria que culminara con el cierre del Baninter y la venta a terceros de Bancrédito y del Banco Mercantil.
La orfandad política de los críticos
Este mensaje está dirigido a los ciudadanos políticos, no a los políticos en ejercicio (no por falta de ganas o epítetos, sino porque su culpa se limita a aprovecharse del pendejismo histórico dominicano).
Una llegada inesperadamente esperada
Lunes 22 de noviembre del año 2010, 8:22 am.-
Hoy es el día que nunca esperé que esperaría.
El reloj marca las 4:45 am… como si fuera importante la hora cuando estás tumbado pero no logras conciliar el sueño toda la noche. Los ronquidos del otro lado de la cama no son más que una sinfonía que adorna el silencio de la silente madrugada y el ruido de mis pensamientos.
Entre gritos esporádicos (quizás por la hora, quizás por el estado) ella rebusca en todo el armario sus zapatos favoritos. Yo no logro armonizar la concentración producto de las caricias de Morfeo que por fin llegaron. Entre sus desesperantes lamentos, mis bostezos y el crepúsculo matutino, solo atino a decir con voz dulce y cansada: «Están en tu bulto de mano».
Entre nervios y alegrías llega la hora de salida y nos apresuramos con la intención de llegar con tiempo suficiente para preparar su llegada. Nuestro destino es un hospital que se encuentra 20 minutos hacia el sur por la autopista Interestatal 95 (I-95), pero para poder hacer uso del único vehículo disponible para nuestro largo recorrido, es necesaria una parada 15 minutos hacia el norte en la ciudad de Attleboro, Massachusetts. Contrario a lo que uno esperaría por la hora, la autopista ya cuenta con una gran cantidad de vehículos en consonancia con la apresurada vida de los norteamericanos y su desplazamiento. Con suficiente tiempo y logrado el objetivo inicial, empieza nuestra travesía y con ella las inesperadas primeras contracciones.
Luego de un agonizante trayecto, llegamos al Hospital de Mujeres e Infantes de Providence, Rhode Island. Al ver mi raudo movimiento, mi turbado semblante y escuchar sus gritos de dolor, unos enfermeros que tomaban café para disipar el sueño y combatir el álgido clima típico del invierno angloamericano, buscaron velozmente una silla de ruedas y la llevaron al área de preparto. Quiero entrar con ella y vivir la experiencia de inicio a fin, pero no puedo dejar el vehículo estacionado en la zona de emergencia del hospital… ¡Qué dilema! Un policía estatal que circundaba el área, me indicó que el vehículo podía permanecer allí mientras completaba su ingreso y los trámites legales. Quién iba a imaginar que entre tantos policías estatales gruñones y rostros de piedra, iba a encontrar uno con tacto y sentido tan humano.
Entro al hospital vuelto un manojo de nervios y titubeos, preguntando por la sala de preparto a cuanto empleado del hospital alcanzo a ver. Un conserje por fin me da direcciones como si fuera un niño y hasta ofrece llevarme. Parece haber notado el miedo y la leve deficiencia cognitiva que me invadía.
«Ve por ese pasillo que parece largo pero no lo es —me instruye mientras apuntaba hacia la izquierda—, recórrelo hasta el final y encontrarás a la derecha el ascensor y las escaleras. Vas al segundo piso y a la derecha notarás que llegaste al área de los niños».
Luego de correr a paso doble por más de 5 minutos (no debí creerle al conserje y su generosa percepción de la distancia), con la lengua colgando y sin aliento, llego al lugar donde la tenían acostada en una camilla esperando por la doctora de turno. La saludo y le sonrío haciendo mi mayor esfuerzo por mantener un porte sobrio, templado y confiado. La obstetra entra a la sala y luego de una revisión (tan corta que ni siquiera podría haberla medido con un reloj atómico) nos indica que el parto no podía esperar la cesárea programada (planeada para las 9:00 am) y que sin dilatarse la llevarían a la sala de cirugía para comenzar el procedimiento. Dirigiéndose directamente a mí, la doctora expresa enérgicamente (cual orden de superior a subalterno): «¡Ya es hora, si quieres estar ahí para recibirla tienes que alistarte ya!». Yo, que no tuve tiempo de recuperar el hálito perdido por mi trote desde la entrada de la emergencia hasta el segundo piso, y más extraviado que los tripulantes de las calaveras de Colón, me pongo un pijama quirúrgico desechable provisto por una enfermera al tiempo que intento seguirle el paso al camillero que la llevaba al quirófano.
Debido al arranque desenfrenado provocado por la espeluznante incertidumbre, dejé en el área de preparto nuestras identificaciones, su bolso y bulto, mi billetera, el reloj que me había quitado para soportar los apretones al compás de las contracciones… En fin, nada traje conmigo mas que mi disfraz de alegría golosa de padre primerizo. Su madre —a quién habíamos llamado camino al hospital y que ya se encontraba allí— me envía con una enfermera el instrumental típico, necesario e imprescindible de un millennial: Los teléfonos celulares y la cámara digital.
Una vez en el quirófano, le inyectan la solución de anestésico local conocida como epidural. Ella comienza a calmarse, se alivia su sensación de dolor, pero no su ansiedad. Comienza el procedimiento en la parte inferior de su cuerpo, mientras en la parte superior (dividida por un manto) estamos sonriendo, tomados de manos y esperando. Siete personas en total intervienen: La obstetra, una enfermera ginecobstetra, una enfermera neonatóloga, una asistente quirúrgica y tres residentes del área de ginecología y obstetricia.
La doctora —al tiempo que hacía un corte— me llama por mi muy pronto atinado sustantivo: «Papá, prepárate para la primera foto cuando dé la señal». No bien transcurren diez segundos y la doctora casi susurrando dice «Ok, ya salió». Deduciendo que esa era la señal y presionando el botón de obturación de mi cámara digital, salto de la silla, apunto, y el flash procede a cegar a todos mientras nuestra bebé pega un ineludible grito de victoria y salutación al mundo. La doctora, con cara de pocos amigos, todavía recuperando la vista y en tono de sermón, me afirma que todavía no era el momento. Aquella señal era para la enfermera de neonatología, quien estaba a cargo de realizar el test de Apgar una vez ocurriera el nacimiento.
Desde el día que supe la noticia de que sería padre, imaginé esas últimas horas antes del parto como la preocupación más grande de mi vida… ¡Qué ilusos somos los mortales bonachones! Ver a la enfermera neonatal girar a mi hija recién nacida, ponerla de cabeza, introducirle la perilla de succión por las fosas nasales y por la boca, levantarla por su frágil cuello y limpiarla como si fuera una pieza de cobre viejo…: ¡Eso si fue preocupante! De tal forma que en un momento de desesperación y respaldado por la ignorancia, con voz chillona, espantada y sin tener en cuenta que la enfermera podría ser mi abuela —por sus plateadas canas, su contextura física arrugada de experiencia y su voz—, le lanzo un regaño: «¿Podría usted ser más delicada?». Disminuyendo el ritmo y los movimientos de limpieza y mientras acariciaba la mejilla izquierda de mi hija, se vuelve hacia mí (que ya estaba siendo sermoneado por su madre por haber regañado a la enfermera) y mirándome fijamente me espeta: —¿Eres primerizo, verdad? — preguntó mientras inclinaba la cabeza en sentido vertical para mirarme por encima de sus grandes espejuelos. —Si, es mi primera experiencia— contesté. —Yo tengo treinta años siendo enfermera de neonatología, creo que sé lo que estoy haciendo— me respondió con voz tierna y cierto tono condescendiente. Cabizbajo, mientras me imaginaba asumiendo la posición fetal por la vergüenza, mis labios apenas se separan para dejar salir la disculpa y pedirle que continuara con su labor.
Al fin llega la hora de tenerla en mis brazos por primera vez, y al hacerlo, mientras posábamos para nuestra primera foto, justo en ese preciso instante lo comprendí: la felicidad absoluta no se expresa con algarabía, carcajadas, bombos y platillos o redoblantes, sino con una sonrisa apenas perceptible y mientras se contempla en un silencio insondable.
Luis Decamps hijo