Carta de José Martí a Máximo Gómez 20-10-1884

New York, Octubre 20 de 1884

Señor General Máximo Gómez

New York

Distinguido General y amigo:

Salí en la mañana del Sábado de la casa de Vd. con una impresión tan penosa, que he querido dejarla reposar dos días, para que la resolución que ella, unida a otras anteriores, me inspirase, no fuera resultado de una ofuscación pasajera, o excesivo celo en la defensa de cosas que no quisiera ver yo jamás atacadas,-sino obra de meditación madura: -¡qué pena me da tener que decir estas cosas a un hombre a quien creo sincero y bueno, y en quien existen cualidades notables para llegar a ser verdaderamente grande!-Pero hay algo que está por encima de toda la simpatía personal que Vd. pueda inspirarme, y hasta de toda razón de oportunidad aparente: y es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, establecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo. Sigue leyendo

Carta Hipólito Mejía a Leonel Fernández

Transcripción hecha con estricto apego al original

R. Hipólito Mejía D.
27 de julio del 2005
Santo Domingo, D.N.

Dr. Leonel Fernández Reyna
Presidente Constitucional de
la República Dominicana
Palacio Nacional
Santo Domingo


Señor Presidente:

He leído en los periódicos nacionales afirmaciones suyas y de algunos de sus funcionarios del área económica, donde se atribuye a la supuesta mala política económica de mi gobierno la causa determinante de la crisis bancaria que culminara con el cierre del Baninter y la venta a terceros de Bancrédito y del Banco Mercantil.

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La orfandad política de los críticos

Este mensaje está dirigido a los ciudadanos políticos, no a los políticos en ejercicio (no por falta de ganas o epítetos, sino porque su culpa se limita a aprovecharse del pendejismo histórico dominicano).

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Una llegada inesperadamente esperada

Lunes 22 de noviembre del año 2010, 8:22 am.-

Hoy es el día que nunca esperé que esperaría.

El reloj marca las 4:45 am… como si fuera importante la hora cuando estás tumbado pero no logras conciliar el sueño toda la noche. Los ronquidos del otro lado de la cama no son más que una sinfonía que adorna el silencio de la silente madrugada y el ruido de mis pensamientos.

Entre gritos esporádicos (quizás por la hora, quizás por el estado) ella rebusca en todo el armario sus zapatos favoritos. Yo no logro armonizar la concentración producto de las caricias de Morfeo que por fin llegaron. Entre sus desesperantes lamentos, mis bostezos y el crepúsculo matutino, solo atino a decir con voz dulce y cansada: «Están en tu bulto de mano».

Entre nervios y alegrías llega la hora de salida y nos apresuramos con la intención de llegar con tiempo suficiente para preparar su llegada. Nuestro destino es un hospital que se encuentra 20 minutos hacia el sur por la autopista Interestatal 95 (I-95), pero para poder hacer uso del único vehículo disponible para nuestro largo recorrido, es necesaria una parada 15 minutos hacia el norte en la ciudad de Attleboro, Massachusetts. Contrario a lo que uno esperaría por la hora, la autopista ya cuenta con una gran cantidad de vehículos en consonancia con la apresurada vida de los norteamericanos y su desplazamiento. Con suficiente tiempo y logrado el objetivo inicial, empieza nuestra travesía y con ella las inesperadas primeras contracciones.

Luego de un agonizante trayecto, llegamos al Hospital de Mujeres e Infantes de Providence, Rhode Island. Al ver mi raudo movimiento, mi turbado semblante y escuchar sus gritos de dolor, unos enfermeros que tomaban café para disipar el sueño y combatir el álgido clima típico del invierno angloamericano, buscaron velozmente una silla de ruedas y la llevaron al área de preparto. Quiero entrar con ella y vivir la experiencia de inicio a fin, pero no puedo dejar el vehículo estacionado en la zona de emergencia del hospital… ¡Qué dilema! Un policía estatal que circundaba el área, me indicó que el vehículo podía permanecer allí mientras completaba su ingreso y los trámites legales. Quién iba a imaginar que entre tantos policías estatales gruñones y rostros de piedra, iba a encontrar uno con tacto y sentido tan humano.

Entro al hospital vuelto un manojo de nervios y titubeos, preguntando por la sala de preparto a cuanto empleado del hospital alcanzo a ver. Un conserje por fin me da direcciones como si fuera un niño y hasta ofrece llevarme. Parece haber notado el miedo y la leve deficiencia cognitiva que me invadía.

«Ve por ese pasillo que parece largo pero no lo es —me instruye mientras apuntaba hacia la izquierda—, recórrelo hasta el final y encontrarás a la derecha el ascensor y las escaleras. Vas al segundo piso y a la derecha notarás que llegaste al área de los niños».

Luego de correr a paso doble por más de 5 minutos (no debí creerle al conserje y su generosa percepción de la distancia), con la lengua colgando y sin aliento, llego al lugar donde la tenían acostada en una camilla esperando por la doctora de turno. La saludo y le sonrío haciendo mi mayor esfuerzo por mantener un porte sobrio, templado y confiado. La obstetra entra a la sala y luego de una revisión (tan corta que ni siquiera podría haberla medido con un reloj atómico) nos indica que el parto no podía esperar la cesárea programada (planeada para las 9:00 am) y que sin dilatarse la llevarían a la sala de cirugía para comenzar el procedimiento. Dirigiéndose directamente a mí, la doctora expresa enérgicamente (cual orden de superior a subalterno): «¡Ya es hora, si quieres estar ahí para recibirla tienes que alistarte ya!». Yo, que no tuve tiempo de recuperar el hálito perdido por mi trote desde la entrada de la emergencia hasta el segundo piso, y más extraviado que los tripulantes de las calaveras de Colón, me pongo un pijama quirúrgico desechable provisto por una enfermera al tiempo que intento seguirle el paso al camillero que la llevaba al quirófano.

Debido al arranque desenfrenado provocado por la espeluznante incertidumbre, dejé en el área de preparto nuestras identificaciones, su bolso y bulto, mi billetera, el reloj que me había quitado para soportar los apretones al compás de las contracciones… En fin, nada traje conmigo mas que mi disfraz de alegría golosa de padre primerizo. Su madre —a quién habíamos llamado camino al hospital y que ya se encontraba allí— me envía con una enfermera el instrumental típico, necesario e imprescindible de un millennial: Los teléfonos celulares y la cámara digital.

Una vez en el quirófano, le inyectan la solución de anestésico local conocida como epidural. Ella comienza a calmarse, se alivia su sensación de dolor, pero no su ansiedad. Comienza el procedimiento en la parte inferior de su cuerpo, mientras en la parte superior (dividida por un manto) estamos sonriendo, tomados de manos y esperando. Siete personas en total intervienen: La obstetra, una enfermera ginecobstetra, una enfermera neonatóloga, una asistente quirúrgica y tres residentes del área de ginecología y obstetricia.

La doctora —al tiempo que hacía un corte— me llama por mi muy pronto atinado sustantivo: «Papá, prepárate para la primera foto cuando dé la señal». No bien transcurren diez segundos y la doctora casi susurrando dice «Ok, ya salió». Deduciendo que esa era la señal y presionando el botón de obturación de mi cámara digital, salto de la silla, apunto, y el flash procede a cegar a todos mientras nuestra bebé pega un ineludible grito de victoria y salutación al mundo. La doctora, con cara de pocos amigos, todavía recuperando la vista y en tono de sermón, me afirma que todavía no era el momento. Aquella señal era para la enfermera de neonatología, quien estaba a cargo de realizar el test de Apgar una vez ocurriera el nacimiento.

Desde el día que supe la noticia de que sería padre, imaginé esas últimas horas antes del parto como la preocupación más grande de mi vida… ¡Qué ilusos somos los mortales bonachones! Ver a la enfermera neonatal girar a mi hija recién nacida, ponerla de cabeza, introducirle la perilla de succión por las fosas nasales y por la boca, levantarla por su frágil cuello y limpiarla como si fuera una pieza de cobre viejo…: ¡Eso si fue preocupante! De tal forma que en un momento de desesperación y respaldado por la ignorancia, con voz chillona, espantada y sin tener en cuenta que la enfermera podría ser mi abuela —por sus plateadas canas, su contextura física arrugada de experiencia y su voz—, le lanzo un regaño: «¿Podría usted ser más delicada?». Disminuyendo el ritmo y los movimientos de limpieza y mientras acariciaba la mejilla izquierda de mi hija, se vuelve hacia mí (que ya estaba siendo sermoneado por su madre por haber regañado a la enfermera) y mirándome fijamente me espeta: —¿Eres primerizo, verdad? — preguntó mientras inclinaba la cabeza en sentido vertical para mirarme por encima de sus grandes espejuelos. —Si, es mi primera experiencia— contesté. —Yo tengo treinta años siendo enfermera de neonatología, creo que sé lo que estoy haciendo— me respondió con voz tierna y cierto tono condescendiente. Cabizbajo, mientras me imaginaba asumiendo la posición fetal por la vergüenza, mis labios apenas se separan para dejar salir la disculpa y pedirle que continuara con su labor.

Al fin llega la hora de tenerla en mis brazos por primera vez, y al hacerlo, mientras posábamos para nuestra primera foto, justo en ese preciso instante lo comprendí: la felicidad absoluta no se expresa con algarabía, carcajadas, bombos y platillos o redoblantes, sino con una sonrisa apenas perceptible y mientras se contempla en un silencio insondable.

Luis Decamps hijo

Gracias

Gracias por estar ahí, por entender mi sufrimiento,
por enseñarme a vivir sin ningún tipo de lamento. Sigue leyendo

Procompetencia y los ataques ad hominem

No soy ni pretendo convertirme en defensor de Yolanda Martínez o de Tony Raful hijo. No conozco algo de ellos fuera de lo que dicen sus hojas de vida. Y si violaran la ley, no saldría en su defensa aunque fueran familiares o amigos íntimos: lo que está mal, está mal. Mi compromiso con la ética, la justicia, la transparencia y la verdad, no me permiten defender causas impúdicas. Sin embargo, tampoco me permiten sentarme de brazos cruzados cuando se vapulea el carácter de una persona por alguna condición extra petita de su función como servidor público. Sigue leyendo

Policías vagos: Una historia de gerencia deficiente

El día 2 de marzo del presente año ante la sorpresa de muchos el director de la Policía Nacional, mayor general Nelson Peguero Paredes, dio una declaración a la prensa donde aclaró —o intentó aclarar— la confusión generalizada sobre quienes recibirán el aumento indicado por el presidente Danilo Medina en su discurso de rendición de cuentas el pasado 27 de febrero. Peguero Paredes señaló: «Los policías patrulleros, así como los policías que trabajan en investigaciones criminales: ¡Los policías que trabajan! Ahora, el policía vago, tendrá un aumento básico que se le hizo a todos los miembros de la Policía Nacional». Y ante la pregunta de un periodista sobre cuales son esos policías vagos, el mayor general precisó: «Los policías que no trabajan directamente en el servicio que brinda la policía…».

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Reflexiones sobre el matrimonio (tesis de un soltero)

—Casarse no es nada del otro mundo, incluso uno va más suave—me dijo un amigo. —No estoy de acuerdo contigo para nada. Para mí es algo delicado y complicado— le respondí.

Así comienza una conversación que se transforma en un acalorado debate en cuestión de minutos: ¿Es el matrimonio como lo venden?

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La deshumanización, fase superior de la eufemización  

Vivimos en una era donde el lenguaje se ha convertido en una herramienta poderosa, capaz de moldear percepciones, manipular realidades y, en algunos casos, deshumanizar a aquellos que no encajan en los moldes establecidos por la sociedad. La eufemización, ese proceso de suavizar o disfrazar realidades incómodas mediante el uso de términos más amables o políticamente correctos, ha sido una práctica común en nuestras sociedades. Sin embargo, cuando la eufemización se lleva al extremo, se corre el riesgo de deshumanizar a las personas, reduciéndolas a meras etiquetas que ocultan su verdadera esencia.

Tomemos, por ejemplo, la forma en que hablamos de los niños con discapacidades. En lugar de reconocer su humanidad plena, a menudo los definimos por sus limitaciones físicas, mentales o emocionales. Se les llama «niños especiales», como si sus vidas y experiencias pudieran resumirse en una sola palabra que, si bien busca resaltar una diferencia, termina segregándolos en una categoría aparte. Pero la realidad es que todos los niños son especiales, independientemente de sus capacidades. Todos merecen ser tratados con dignidad y respeto, sin ser reducidos a una etiqueta que los distingue de los demás.

Cuando usamos términos como «niños especiales», estamos, de alguna manera, eufemizando una realidad que no debería necesitar disfraz. Estamos diciendo que no son como los demás, cuando en realidad lo único que los distingue son las diferentes capacidades que poseen. La verdadera inclusión no se logra mediante la creación de categorías, sino reconociendo que todos los niños, sin importar sus habilidades, son dignos de las mismas oportunidades, el mismo amor y la misma consideración. Los estándares sociales no deberían dictar quién es digno de ser considerado «normal»; más bien, deberíamos esforzarnos por derribar esas barreras y ver a cada niño como un ser humano completo y valioso.

La eufemización, sin embargo, no se limita a los niños con discapacidades. Se extiende a muchas otras áreas de la vida, donde las palabras se utilizan para suavizar realidades que, en su forma cruda, pueden ser difíciles de enfrentar. Tomemos el caso de los inmigrantes. El término «inmigrante ilegal» es un ejemplo perfecto de cómo el lenguaje puede ser utilizado para deshumanizar a personas que, en su búsqueda de una vida mejor, se encuentran en situaciones precarias. Al etiquetar a alguien como «ilegal», se le niega su humanidad, se le reduce a una infracción de la ley, y se ignoran las circunstancias que lo llevaron a cruzar fronteras en busca de seguridad y oportunidades.

En lugar de ver a los inmigrantes como seres humanos con historias, sueños y luchas, se les reduce a un estatus legal que, en muchos casos, es el resultado de sistemas injustos y desiguales. La eufemización aquí no es un acto de suavizar, sino de ocultar la dura realidad de la desesperación y la injusticia que obliga a las personas a dejar todo lo que conocen y arriesgar sus vidas por un futuro incierto. La deshumanización comienza cuando dejamos de ver a las personas como tales y comenzamos a verlas como problemas que necesitan ser resueltos, como cifras en una estadística o como amenazas a nuestra comodidad.

El uso del término «homosexual» también ha sido objeto de eufemización y, en muchos casos, de deshumanización. En lugar de reconocer a las personas por su identidad completa, se les reduce a una sola característica, su orientación sexual, que se convierte en el foco de juicios y prejuicios. Pero una persona no es solo su orientación sexual; es un ser complejo con una identidad que va mucho más allá de su preferencia afectiva. La eufemización en este contexto busca, en el mejor de los casos, normalizar lo que debería ser visto como una parte natural de la diversidad humana. Sin embargo, en muchos casos, también perpetúa la idea de que lo diferente debe ser señalado, clasificado y, a veces, marginado.

La deshumanización va más allá cuando hablamos de razas y etnias. En lugar de reconocer la riqueza de la diversidad cultural y étnica, a menudo utilizamos términos que simplifican y, en última instancia, despojan a las personas de su identidad individual. El uso de etiquetas como «negro» o «afroamericano» intenta capturar una realidad compleja en una sola palabra, pero lo que realmente hace es encasillar a las personas en categorías que no reflejan su verdadera identidad. La raza humana es una sola, y dentro de ella, las etnias son innumerables. La distinción étnica no debería ser una mención estigmatizadora y segregante o una herramienta para dividir o jerarquizar, sino una celebración de las diferentes culturas, religiones y tradiciones que enriquecen nuestra humanidad compartida.

El problema que siempre tendrá la eufemización es que, aunque puede parecer inofensiva o incluso bien intencionada, tiene el poder de deshumanizar al reducir a las personas a etiquetas simplistas que no capturan la totalidad de su ser. La fase superior de la eufemización es la deshumanización, cuando esas etiquetas se convierten en barreras que nos impiden ver la humanidad de quienes nos rodean. Al categorizar a las personas de esta manera, las despojamos de su individualidad, de su dignidad y de su derecho a ser vistas y tratadas como seres humanos completos.

La solución a este problema no es simplemente evitar la eufemización, sino trabajar activamente para reconocer y celebrar la humanidad de todos. Debemos ir más allá de las etiquetas, más allá de los términos que intentan simplificar lo complejo y diverso que es el ser humano. Esto significa escuchar las historias individuales, entender las luchas y los triunfos de cada persona y resistir la tentación de reducir a alguien a una sola característica o circunstancia.

En lugar de eufemizar, debemos profundizar la acción y efecto de humanizar. Debemos recordar que detrás de cada término que utilizamos para describir a una persona, hay un ser humano con una vida rica y compleja que merece ser reconocido y respetado en toda su plenitud. Esto requiere un cambio en la forma en que hablamos y pensamos sobre los demás, un esfuerzo consciente por ver a las personas no como categorías, sino como individuos.

Y al decir que la deshumanización es una fase superior de la eufemización me permito el parafraseo a Lenin porque representa el punto en el que las palabras se convierten en armas, en herramientas de exclusión y opresión. Al deshumanizar, justificamos el maltrato, la indiferencia y, en algunos casos, la violencia. Pero la responsabilidad de revertir este proceso recae en todos nosotros. Es necesario un compromiso colectivo para desafiar las etiquetas, para cuestionar las palabras que utilizamos y para esforzarnos por ver a cada persona como un ser humano con dignidad inherente.

En última instancia, el lenguaje es una herramienta poderosa, y cómo lo utilizamos dice mucho sobre quiénes somos y cómo vemos el mundo. La eufemización puede parecer una manera amable de suavizar la realidad, pero cuando se lleva al extremo, puede convertirse en una forma de deshumanización. Debemos ser conscientes de este peligro y trabajar para asegurarnos de que nuestras palabras reflejen no solo la verdad, sino también el respeto y la dignidad que todas las personas merecen. Al hacerlo, podremos construir una sociedad más justa, más inclusiva y más humana.

Luis Decamps Blanco

¡NO MÁS IMPUNIDAD!

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Faltando solo dos días para la caminata por el fin de la impunidad, todavía hay personas que no han entendido su finalidad: mostrar unidad social ante un problema que nos afecta a todos. Sigue leyendo