LA ESPADA DEL REY

En una vitrina del museo, la espada del rey descansaba, oxidada por el paso de los siglos. La leyenda decía que había sido la espada más poderosa jamás empuñada, con la cual el rey había unificado el reino. Los turistas se amontonaban para verla, maravillados por la historia que representaba. Pero una anciana, observando desde la distancia, sabía la verdad. Esa espada, la que todos veneraban, nunca había sido empuñada ni blandida en una batalla real; nunca había probado la sangre del enemigo ni había enviado a nadie al descanso eterno. El rey, siempre temeroso de morir, había hecho las paces con sus enemigos mucho antes de levantarla.

EL DICTADOR SIN ROSTRO

Durante años, un retrato colgaba en cada edificio, en cada aula, en cada oficina. Nadie recordaba cuándo exactamente había llegado al poder, pero todos conocían su rostro. Sus órdenes eran ley, y su nombre se pronunciaba con temor. Un día, un hombre se detuvo frente a uno de sus retratos y notó algo inquietante: el rostro en el cuadro no era el mismo de siempre. Las facciones habían cambiado ligeramente. Al día siguiente, el cambio fue más notorio. Y así, día tras día, el rostro del dictador se iba desdibujando, hasta que finalmente, ya no quedaba nada. A pesar de ello, las órdenes seguían llegando, el poder seguía en pie. Lleno de horror se dio cuenta que nunca había sido el rostro lo que los gobernaba, sino el miedo.

EL MINISTRO CAIDO

Cuando anunciaron la renuncia del ministro, las noticias lo llamaron una “decisión voluntaria”. El hombre, siempre impecable en sus trajes de seda, había sido el arquitecto de muchas de las leyes más polémicas del país. Pero en la sombra, se tejían rumores de corrupción, de favores mal calculados, de traiciones invisibles. Su renuncia fue recibida con asombro, pero no sorpresa. En el palacio de gobierno, sus antiguos aliados murmuraban entre copas de vino, cada uno tratando de olvidar cuántos secretos compartían con él. Mientras tanto, en su despacho vacío, los papeles se amontonaban sobre su escritorio. Lo habían quitado del juego, pero sus huellas aún estaban en cada esquina.

LA SILLA VACÍA

Todos los días, a las seis en punto, Marta ponía una taza más en la mesa. Era una costumbre que había adquirido desde que él comenzó a llegar tarde, muy tarde. Al principio, era solo una excusa: el trabajo, el tráfico, la vida. Luego, el silencio se instaló en la casa, el silencio de una llamada que nunca llegó. Pero Marta seguía poniendo la taza, como si esa pequeña acción pudiera revertir el curso del tiempo. Al cabo de unos meses, la taza dejó de temblar en sus manos. No es que hubiera aceptado su ausencia, sino que la costumbre se había vuelto un reflejo, un acto automático. Miraba la silla vacía, esperando el sonido de la llave en la puerta. Pero lo único que escuchaba era el eco de su respiración. Él nunca volvió, pero la taza siempre estaba lista, llena de un café que nadie bebía.

EL REMITENTE DESCONOCIDO

Cuando abrió el sobre, algo no cuadraba. Aquella letra, aunque extrañamente familiar, no era la suya, a pesar de que el nombre del remitente sí lo era. Él siempre escribía con trazos firmes, rectos, como su carácter, fruto de años de rigurosa disciplina. Pero lo que sostenía ahora entre sus manos temblorosas era una caligrafía torpe, apresurada, como si quien la hubiera escrito lo hubiera hecho bajo presión o, peor aún, con prisa por escapar de algo. Comenzó a leer. Cada palabra parecía deslizarse por su mente como sombras, incompletas, vacías de sentido. ¿Quién había escrito aquella carta? ¿Por qué usaba su nombre? Miró a su alrededor, buscando alguna pista, algo que aclarara el desconcierto. Pero todo lo que encontró fue el vacío de una habitación que no reconocía, envuelta en un silencio opresivo. De pronto, miró al espejo y no reconoció el rostro del reflejo. Su respiración se aceleró pero una certeza repentina lo invadió: él mismo había escrito aquella carta. Solo que no podía recordar cuándo, ni por qué. Ni cómo.

EL ELOGIO ENVENENADO

En una ceremonia de premiación, un escritor veterano recibió un galardón por su carrera. Un joven crítico, deseoso de mostrar su agudeza, comentó: «Debo decir que su obra, aunque pasada de moda, ha envejecido bastante bien». El escritor, que había escuchado muchas veces esa frase disfrazada de cumplido, replicó: «Lo mismo dicen de la ignorancia, pero por suerte usted la representa bien».

EL BRINDIS INCÓMODO

En una cena de estado, el presidente, conocido por sus interminables discursos, comenzó a levantar su copa para hacer un brindis. Al ver que todos se preparaban para otro largo monólogo, un ministro comentó en voz baja: «Espero que su discurso sea como este vino: breve, pero memorable». El presidente, escuchando el comentario, sonrió y dijo: «No se preocupe, ministro, será breve,. Igual que su permanencia en el cargo».

EL RETRATO PERFECTO

Un artista novato, intentando hacerse un nombre, pintó un retrato del general más famoso del país y, al presentarlo, dijo con arrogancia: «Este cuadro es mi obra maestra. Lo he capturado tal como es». El general, observando el retrato por un momento, respondió: «Si esta es mi imagen, entonces creo que soy mucho mejor soldado que modelo y usted mejor cuentista que artista».

LA ENTREVISTA IMPOSIBLE

Un periodista ambicioso logró una entrevista exclusiva con un magnate de los medios conocido por su cinismo. «Se dice que usted ha comprado toda la prensa para controlar la opinión pública», dijo el periodista, con tono acusador. El magnate, sin dejar de mirar su reloj, respondió: «No es cierto, solo he comprado las opiniones. La prensa se vende sola».

EL BRINDIS DEL TRAIDOR

En una cena de estado, el líder de la oposición levantó su copa y dijo en tono sarcástico: «Brindo por la integridad de nuestros líderes, que siempre encuentran una manera de salir limpios del barro en el que se meten». El presidente, sin perder la compostura, levantó su copa también y respondió: «Y yo brindo por la oposición, que nunca pierde la oportunidad de quitarse el barro de encima y lanzarlo a nuestro camino, demostrándonos el origen».