Todos los días, a las seis en punto, Marta ponía una taza más en la mesa. Era una costumbre que había adquirido desde que él comenzó a llegar tarde, muy tarde. Al principio, era solo una excusa: el trabajo, el tráfico, la vida. Luego, el silencio se instaló en la casa, el silencio de una llamada que nunca llegó. Pero Marta seguía poniendo la taza, como si esa pequeña acción pudiera revertir el curso del tiempo. Al cabo de unos meses, la taza dejó de temblar en sus manos. No es que hubiera aceptado su ausencia, sino que la costumbre se había vuelto un reflejo, un acto automático. Miraba la silla vacía, esperando el sonido de la llave en la puerta. Pero lo único que escuchaba era el eco de su respiración. Él nunca volvió, pero la taza siempre estaba lista, llena de un café que nadie bebía.