En una vitrina del museo, la espada del rey descansaba, oxidada por el paso de los siglos. La leyenda decía que había sido la espada más poderosa jamás empuñada, con la cual el rey había unificado el reino. Los turistas se amontonaban para verla, maravillados por la historia que representaba. Pero una anciana, observando desde la distancia, sabía la verdad. Esa espada, la que todos veneraban, nunca había sido empuñada ni blandida en una batalla real; nunca había probado la sangre del enemigo ni había enviado a nadie al descanso eterno. El rey, siempre temeroso de morir, había hecho las paces con sus enemigos mucho antes de levantarla.