Tras años de lucha y promesas, el candidato finalmente ganó las elecciones. La noche de la victoria, al fin solo en su despacho, se sirvió un whisky y sonrió ante su reflejo en el espejo. “Esto es solo el comienzo”, pensó. Pasaron los meses, las reuniones interminables, los acuerdos que contradecían cada uno de sus ideales. Un día, cansado, abrió la ventana y observó la ciudad que tanto había prometido cambiar. Los mismos barrios pobres, las mismas caras llenas de resignación. —Nada ha cambiado —murmuró. Los años de promesas se habían diluido en un mar de burocracia. Apagó la luz de su despacho y se marchó, sabiendo que su sueño de poder no era más que eso, un sueño. En el fondo, aunque le aterraba, conocía la verdad: no buscó el poder para gobernar, sino para sobrevivir.