EL SOLDADO QUE NO DISPARÓ

Durante la guerra, el soldado había estado en el frente, cara a cara con el enemigo. Era su deber disparar, acabar con la vida del hombre que tenía frente a él. Sin embargo, cuando llegó el momento, algo lo detuvo. El enemigo, apenas un muchacho, lo miraba con el mismo miedo que él sentía. No apretó el gatillo. El joven cayó al suelo, fingiendo su muerte para sobrevivir. Ambos sabían que la guerra no era suya, que eran solo piezas en un tablero mucho más grande. Años después, el soldado se encontró con ese mismo muchacho ya convertido en un hombre, con una esposa tomada de su brazo izquierdo y una niña en su brazo derecho. No hubo palabras, solo una mirada de reconocimiento. Ambos asintieron con la cabeza y se marcharon en silencio: entendieron que, en aquel momento donde el miedo los arropó, habían sido más humanos que soldados.

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