Cuando abrió el sobre, algo no cuadraba. Aquella letra, aunque extrañamente familiar, no era la suya, a pesar de que el nombre del remitente sí lo era. Él siempre escribía con trazos firmes, rectos, como su carácter, fruto de años de rigurosa disciplina. Pero lo que sostenía ahora entre sus manos temblorosas era una caligrafía torpe, apresurada, como si quien la hubiera escrito lo hubiera hecho bajo presión o, peor aún, con prisa por escapar de algo. Comenzó a leer. Cada palabra parecía deslizarse por su mente como sombras, incompletas, vacías de sentido. ¿Quién había escrito aquella carta? ¿Por qué usaba su nombre? Miró a su alrededor, buscando alguna pista, algo que aclarara el desconcierto. Pero todo lo que encontró fue el vacío de una habitación que no reconocía, envuelta en un silencio opresivo. De pronto, miró al espejo y no reconoció el rostro del reflejo. Su respiración se aceleró pero una certeza repentina lo invadió: él mismo había escrito aquella carta. Solo que no podía recordar cuándo, ni por qué. Ni cómo.