Había jurado defender la verdad y la justicia cuando se convirtió en abogado. Sin embargo, a lo largo de los años, había aprendido que la verdad no siempre bastaba y que la justicia era muchas veces una cuestión de perspectiva. El caso que tenía entre manos lo había puesto en esa encrucijada. Su cliente era culpable, lo sabía. Pero el sistema le permitía encontrar una forma de ganar. ¿Sería eso justicia? ¿Podía la verdad quedar relegada a un segundo plano por la técnica legal? El abogado, con las manos temblorosas, miró los documentos sobre su escritorio. Sabía que, si lo defendía, lo haría con éxito. Pero al final, la pregunta que lo atormentaba no era si podía, sino si debía.