Después de años en el congreso, finalmente había logrado su gran triunfo: un discurso que quedaría grabado en la memoria de todos. La sesión estaba llena, y los medios transmitían en directo. Se levantó con una postura firme, la voz clara, y comenzó a hablar del pueblo, de los derechos, de la libertad que el gobierno les había arrebatado. Las palabras fluyeron como un río bien encauzado, cada frase diseñada para emocionar y movilizar. Pero algo extraño ocurrió. Mientras hablaba, un eco comenzó a surgir desde las paredes, repitiendo cada palabra. «libertad», «justicia», «igualdad». Al principio, pensó que era su voz resonando con fuerza, pero pronto se dio cuenta de que el eco no seguía su ritmo. Las palabras se deslizaban por los muros, repetidas una y otra vez, deformándose, hasta perder su sentido original. El público lo miraba con expectación, pero él ya no sabía si era su discurso lo que escuchaban o solo ese eco lejano y vacío. Al terminar, la sala estalló en aplausos, aunque no estaba seguro de por qué. Ni él recordaba ya lo que había dicho.