¿Qué les pasó? Carta de un Baby boomer a un Millennial

Queridos Millennials,

Me encuentro en una posición que, como Baby Boomer, nunca pensé ocupar: la de cuestionar a una generación más joven, con la esperanza de entender qué les sucedió y por qué el mundo que estamos lentamente despoblando parece haber perdido algo esencial en el proceso de su transformación. No hablo desde la nostalgia ni desde la crítica fácil, sino desde una preocupación genuina por lo que veo como una desconexión entre las promesas de nuestro tiempo y las realidades que ahora enfrentan.

¿Qué les pasó? Creo que las instrucciones se perdieron con la democracia. En nuestra lucha por establecer un mundo más libre y justo para nosotros y para ustedes, les entregamos las riendas del futuro, pero quizás no supimos enseñarles cómo cabalgar con ellas. Con la libertad, les dimos grilletes de conformismo en lugar de luces de lucha. En algún punto del camino, los ideales que defendimos y por los cuales tantos de nosotros luchamos, parecen haberse diluido en un mar de comodidades, en una cultura que valora más el estatus y el éxito material que el carácter y la integridad.

Recuerdo cuando la democracia era un ideal por el cual valía la pena luchar, un faro que guiaba nuestras acciones y nuestros sueños. Para nosotros, la libertad no era solo un derecho, sino una responsabilidad. Sabíamos que para disfrutar de ella, debíamos también protegerla y ampliarla, asegurándonos de que cada generación la recibiera más robusta que la anterior. Pero hoy, observo con preocupación cómo esa misma libertad parece haber sido malentendida. En lugar de ser vista como un campo de posibilidades para el bien común, ha sido deformada en una excusa para la autocomplacencia y la indiferencia.

No me malinterpreten, no estoy diciendo que su generación no valore la libertad o la democracia. Lo que sugiero es que, en algún momento, el hilo conductor que unía la lucha por estos ideales con su aplicación diaria se ha roto. En nuestra búsqueda por entregarles un mundo mejor, quizás no supimos transmitirles la importancia de la lucha constante, de la necesidad de no conformarse con lo que ya se ha conseguido, sino de seguir adelante, de buscar siempre más justicia, más igualdad, más oportunidades para todos.

Veo a una generación que, a pesar de tener acceso a más información y recursos que cualquier otra en la historia, parece estar más desconectada que nunca de los problemas fundamentales que aquejan a nuestra sociedad. Es como si, en lugar de utilizar estas herramientas para profundizar en la comprensión y la acción, se hubieran convertido en un refugio de superficialidad y consumo pasivo. Las redes sociales, que en teoría deberían haber sido una plataforma para la movilización y el cambio, se han transformado en un espacio donde la validación instantánea y la apariencia han eclipsado la sustancia y el compromiso.

Quizás la culpa no sea enteramente de su generación. Después de todo, ¿quién les dio estas herramientas? ¿Quién les enseñó a medir su valor en likes y seguidores, en lugar de en el impacto real que tienen en sus comunidades y en el mundo? Fuimos nosotros, los Baby Boomers, quienes construimos la cultura que luego se convirtió en consumismo y espectáculo, quienes les entregamos un mundo que degeneró en que el éxito se mide en términos superficiales y donde el bien común ha sido relegado a un segundo plano frente a la búsqueda de la satisfacción personal.

Nosotros crecimos en un mundo donde los ideales colectivos tenían un peso real. La lucha por los derechos civiles, por la igualdad de género, por la paz, no eran solo conceptos abstractos, sino batallas concretas que librábamos en las calles, en nuestras comunidades, en nuestras vidas diarias. La democracia no era solo un sistema político, sino una forma de vida que exigía de nosotros compromiso, participación y, sobre todo, sacrificio. Sabíamos que el progreso no se conseguía sin esfuerzo, que cada derecho ganado debía ser defendido día a día, y que el bienestar de la comunidad era tan importante como el bienestar individual.

Sin embargo, en algún punto del camino, algo cambió. Quizás fue el éxito de nuestras luchas lo que nos llevó a relajarnos, a creer que habíamos llegado a un punto donde ya no era necesario luchar con la misma intensidad. Tal vez pensábamos que habíamos alcanzado el final de la historia, que habíamos ganado las batallas que importaban y que ahora solo quedaba disfrutar de los frutos de nuestro trabajo. Pero la historia no se detiene, y mientras nosotros nos regocijábamos en nuestras victorias, el mundo seguía cambiando, y no siempre para mejor.

La democracia, esa gran conquista de nuestra generación, se ha convertido en algo que muchos dan por sentado, olvidando que es frágil y que necesita ser nutrida y protegida constantemente. La libertad, que tanto valoramos, ha sido malinterpretada como un derecho a la autocomplacencia, en lugar de un deber hacia los demás. Y el conformismo ha reemplazado a la lucha, creando una cultura donde lo más importante es estar cómodo, donde el conflicto y el desacuerdo son evitados en lugar de ser vistos como oportunidades para el crecimiento y la mejora.

Pero no todo está perdido. A pesar de las preocupaciones que tengo, también veo señales de esperanza en su generación. Veo a jóvenes que están redescubriendo la importancia de la acción colectiva, que están utilizando las herramientas a su disposición no solo para su propio beneficio, sino para hacer del mundo un lugar mejor. Veo movimientos que buscan justicia social, que luchan contra la desigualdad y que están comprometidos con la sostenibilidad del planeta. Veo a jóvenes que, aunque nacieron en un mundo de comodidades y distracciones, están eligiendo el camino más difícil de la lucha y el sacrificio por un bien mayor.

El mundo necesita su energía, su creatividad, su pasión. Pero también necesita que recuperen ese sentido de lucha que alguna vez fue el motor de nuestra generación. Necesita que comprendan que la verdadera libertad no es la ausencia de responsabilidad, sino la capacidad de elegir el bien común por encima del interés personal. Que la democracia no es solo un sistema político, sino una forma de vida que exige compromiso, sacrificio y, sobre todo, participación.

¿Qué les pasó? Nada que no pueda ser cambiado. Están en una encrucijada, y la dirección que elijan no solo definirá su futuro, sino el de todos nosotros mientras vivimos en el plano terrenal. No es demasiado tarde para recuperar el hilo de la historia, para retomar la lucha donde la dejamos y para llevarla más lejos de lo que nosotros jamás pudimos. La libertad y la democracia no son regalos que se heredan sin más; son legados que deben ser ganados y defendidos una y otra vez, generación tras generación.

Les hemos entregado un mundo lleno de posibilidades, pero también de desafíos. Les hemos dado herramientas que, si bien poderosas, pueden ser peligrosas si no se utilizan con sabiduría y responsabilidad. Pero sobre todo, les hemos dejado un legado de lucha, de compromiso, de sacrificio. No dejen que se pierda. No se conformen. No olviden que la libertad y la democracia son tareas inacabadas, y que su misión, como generación, es llevarlas más lejos de lo que nosotros jamás pudimos soñar.

Como una reflexión final, quiero decirles que no se conformen con lo que les han dado. No acepten el mundo tal como es, sino como un campo de batalla donde cada uno de ustedes tiene un papel que desempeñar. No se dejen atrapar por la ilusión de que la libertad y la democracia son cosas que ya se han conseguido y que ahora solo deben ser disfrutadas. Son valores que deben ser defendidos y ampliados cada día, en cada decisión que tomen, en cada acción que realicen. Y que, sobre todo, tienen la responsabilidad de esforzarse para que las generaciones que les sucederán, tengo un compromiso mayor con esos ideales.

Con afecto y esperanza,

Un Baby Boomer

Luis Decamps Blanco

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