En estos días conversaba, como es natural, con la generalísima (digo, con mi amada esposa) sobre la crianza de nuestras hijas, los valores que deseamos inculcarles y los principios que anhelamos imbuir en ellas para cuando, camino a la adultez, atraviesen las difíciles etapas de la pubertad y la adolescencia. Aunque estas son conversaciones típicas de padres preocupados por el bienestar de sus hijas, sin importar su edad, reconozco que, dado el recorrido existencial que aún les queda por transitar antes de llegar a esas tumultuosas fases de la vida, este es una tema que todavía no nos debería inquietar.
A propósito de esa conversación y de las tantas lecciones de integridad y honestidad que mis padres inculcaron en mí y en mis hermanas, recordé una en particular que ilustra perfectamente el accionar de padres preocupados con grabar esos valores en la vida de sus hijos y con la que estoy casi seguro que más de uno se identificará.
Desde que tengo memoria, y esa tradición fue conservada sacrosantamente por lo menos hasta mi adolescencia, los fines de semana estaban reservados para las visitas y reuniones familiares en casa de mis abuelas. Los sábados visitábamos a mi abuela materna, afectuosamente Nina; y los domingos a mi abuela paterna, cariñosamente doña Chea -en casa de esta última se ambienta este relato-, quien al momento de mi nacimiento ya era una mujer de pelo argentado y piel arrugada cuya edad era indecible (vivió el ascenso y la caída del último sátrapa dominicano), pero conservaba el vigor y la agudeza mental de cualquier mozalbete.
Era cosa común que en esas reuniones tan numerosas fuera necesario comprar algún insumo de última hora en uno de los negocios locales y que aquella encomienda fuera impuesta sobre uno de los más jóvenes. Contrario a lo que pensaría el lector, aquel encargo no era recibido como un fastidio sino como una pequeña bendición. Esto así porque como premio por hacer esa diligencia, se nos tenía acostumbrados a que cualquier suma restante, luego de efectuar la compra, pasaría a pertenecer a nuestras ahuecas arcas.
Un domingo de diciembre, el encargo me tocó a mí. En ese momento los adultos habían salido a comprar «una botella» de algo que con los años entendería que fue etílico -inusual en mi familia, pero la fecha se prestaba para eso-. Doña Chea ese día no tenía billetes pequeños ni monedas, por lo que en vez de enviarme a completar el recado con la típica y muy sana cantidad de veinte pesos -una pequeña fortuna para la época y mi corta edad-, para mi sorpresa me entregó un billete de cien pesos.
Hube de pedirle que me repitiera varias veces lo que quería que comprara con aquel caudal de dinero que me había entregado… no lograba concentrarme. Niño al fin, pensaba en la grosera cantidad de dulces que podía obtener con la cantidad que sobrara. No corrí, no me exalté (por lo menos no de forma visible), ni siquiera pestañé. Tomé el dinero, lo introduje en el bolsillo derecho de mi pantalón e hice algo que todavía con frecuencia hago con la devuelta de un billete: apreté el dinero contra mi pierna para asegurarme de que estaba ahí, que no era un sueño y que no se me había perdido.
Con la felicidad propia de la ingenuidad y la ternura de la ilusión, tomé la devuelta saboreando mentalmente cada chuchería, cada helado, cada manjar azucarado que recordaba querer comprar y no poder hacerlo porque «los niños no trabajan y el dinero no crece en un árbol, hay que ganárselo trabajando dura y honradamente». Corrí a llevarle a doña Chea lo que me había pedido y, en un movimiento fugaz, ya estaba de vuelta admirando cada estante que contenía una golosina. Como era de esperarse por la desesperación, el ímpetu y la incontrolable avidez que solo un niño conoce, compré todo lo que pude sin reparar en su cantidad ni su costo. Con una bolsa llena de aquellos selectos manjares y una sonrisa que poco disimulaba mi felicidad, el señor que me atendió me alcanzó a gritar: «¡mi’jo, devuélvete que te sobraron dos pesos!», a lo cual respondí socarronamente: «¡esa es su propina!».
Mientras volvía por segunda ocasión a casa de doña Chea, sacaba mis dulces favoritos y, apartándolos del resto, los guardaba en mis bolsillos por si acaso algún adulto insolente se antojaba de uno de ellos o, peor aún, me hiciera compartirlos con alguno de mis primos o hermanas… qué terrible noción. Justo cuando me disponía a entrar a su casa, veo saliendo a mi papá quien había llegado y se preguntaba dónde estaba. Mientras se acercaba, vi su cara cambiar de alivio -al saberme bien- a disgusto en cuestión de segundos:
―Y eso? ¿De dónde sacaste el dinero para comprar todo eso? ― me preguntó.
—Me lo dio abuela ―le contesté―.
―Pues ahora mismo vamos a preguntarle― gruñó.
Y sin mucho esfuerzo me tomó del brazo, confiscó mi tesoro y me sentó en un sillón de la sala. Como todo pequeño hidalgo, confiado en que la situación se aclararía, esperé —no muy pacientemente, si soy honesto—mientras mi papá confirmaba con mi abuela la información que le había dado. Le escuché caminar con tanta fuerza por toda la casa que sus zapatos resonaban y parecían dejar marcadas en el piso la silueta de sus suelas; le sentí incluso mascullando el nombre de su progenitora. Al no encontrarla y mientras él se dirigía hacia el aposento donde me había sentado, me percaté que iba subiendo la voz: los traviesos siempre fuimos conscientes de que esa era una mala señal, y mi único interés era degustar mis golosinas sin interrupciones. —¿Tú me estás diciendo mentiras, muchacho?— me espetó luego de no encontrar a mi abuela y pararse en frente de mí.
En ese momento recordé y parafraseé de forma astuta un texto que leí, no recuerdo si en un pedazo de periódico viejo o en alguno de los libros que nuestro «mercader de lecturas», como le apodó un amigo, nos motivó mercurialmente a leer: «sermonéeme, no importa, la abuela me absolverá». Esta frase, casualmente, contenía en sí misma dos enseñanzas que había adquirido mientras de niño lo observaba trabajar como escritor, político y abogado: la primera, nunca tutear a una persona mayor que yo, y, aun cuando no lo fuera, por respeto, siempre darle trato de «usted» si era desconocida; la segunda, escoger cuidadosamente cualquier argumento que utilizaría para mi defensa, pues la forma y fondo de este podría fácilmente revertirse y terminar afectando los intereses que intentaba defender.
Con porte circunspecto y con su característica cara de pocos amigos, me miró sin sonreír. No apretó la mandíbula, no frunció el ceño, no pestañeó, nada. Solo me miró. Se mantenía tan inmóvil como una estatua griega. Podría haber concursado para posar ante Mirón y hubiera perdido por la completa ausencia de expresión en su rostro. Mi parafraseo del fragmento de aquel alegato de defensa que inmortalizaría a Fidel Castro en su icónica lucha por la libertad cubana, y que yo había lanzado esperando entusiasmo, no parecía haberle causado gracia. Sin hacerse esperar, me respondió de forma enérgica y terminante usando una expresión que escucharía casi a diario en los años de rebeldía: «No te pases de listo, mis vivencias y mis conocimientos te superan por seis lustros».
Cualquier otro padre dominicano, quizás cualquier padre latino o tal vez cualquier otra persona común y corriente, sin ánimos de ser ofensivo, hubiera lanzado algunos epítetos peyorativos, alguna que otra anatema, recurriría a la corrección verbal, a la disciplina inmediata, o simplemente no creería en la palabra de un niño… ¡y diría «30 años»!
¿Quién conoce el significado de la palabra «lustro» a tan corta edad? Especialmente cuando la palabra más rebuscada que tiene su diminuto vocabulario es «absolverá» —ni siquiera el verbo, sino el futuro indicativo— y no tiene idea de qué significa ni cómo usarla, excepto que a Fidel parece haberle ayudado a salir de un gran aprieto. Y es que precisamente, cualquier situación incontrolable o incómoda, en la frágil mente de un niño, es un gran aprieto.
Justo en ese momento, escuché la inconfundible voz de mi abuela entrando a la casa. Mi papá se volvió hacia ella, aun sermoneándome y sujetando mi brazo. —Chea, ¿le diste a este muchacho cien pesos y le dejaste la devuelta para comprar dulces? —preguntó con severidad. Mi abuela, que pese a su personalidad maternal, digna, bondadosa y serena, era un mujer de un carácter férreo, asintió moviendo la cabeza mientras le respondía: «Si, yo le encargué comprarme algo y le regalé el dinero de la devuelta. Así que ahora mismo lo dejas pararse de esa silla y que se vaya a jugar».
Mi papá, que parecía haber recibido la orden de un superior militar, me soltó de inmediato (solo le faltó chocar los talones y flexionar su brazo derecho para efectuar el saludo militar). Su expresión de disgusto se transformó en alivió y no dejó salir ni una expresión ligera de vergüenza ni sorpresa. —Ven aquí, mi hijo. Toma. Discúlpame si sentiste que estaba molesto contigo. No tenía dudas de que me decías la verdad, pero tenía que asegurarme. Cuando crezcas, me entenderás. Dios te bendiga…— me dijo mientras me devolvía mi bolsa de dulces.
Con la absolución de mi abuela, la bendición de mi papá y la recuperación de mi tesoro, me dirigí a un rincón tranquilo para disfrutar de mis dulces sin reparar mucho en lo que había sucedido.
Tiempo después, y cada vez con mayor frecuencia, mis padres, casi como videntes, nos darían lecciones similares que no las entenderíamos hasta pasada la adolescencia e incluso luego de navegar por años los mares de la adultez. Inclusive hoy, como segundo al mando de mi propia familia (si hay necesidad de aclarar esto, le remito a la primera línea de este escrito) y el afrontamiento de las cotidianidades de la vida, sigo recordando esas enseñanzas y aplicándolas como el primer día.
Reflexionando sobre este recuerdo, me doy cuenta de cómo estas lecciones de honestidad e integridad, involuntariamente imbuidas en mi infancia, son las que ahora deseo transmitir a mis hijas cuando el momento se asome. Y aunque por su corta edad mi esposa y yo tenemos mucho tiempo para prepararnos, hemos reparado en cuan fundamental es la construcción, granito a granito, de cada valor y principio familiar con absoluta entereza. Todo lo que les enseñemos hoy, se convertirá en la base de su carácter mañana y las guiará, con algo de suerte, en su tránsito por las tumultuosas etapas del ser humano hacia una adultez íntegra, plena, noble, responsable, bondadosa y magnánima.
Luis Decamps Blanco
Muy bonito escrito.
Me gustaMe gusta
los padre siempre no dejan valiosas lecciones.
Me gustaMe gusta