La decisión del cuadragésimo sexto presidente de los Estados Unidos de América, Joseph Robinette Biden Jr., de no buscar la reelección en 2024 ha lanzado a los demócratas a un torbellino de incertidumbre y estrategia política. En un escenario ya de por sí turbulento y exacerbado por lo presenciado en el último debate presidencial contra el candidato republicano, Donald John Trump, la renuncia de Biden a su candidatura de reelección puso de manifiesto un profundo dilema.
Biden, quien asumió la presidencia en 2021 en un contexto de división política y crisis sanitaria, ha tenido un mandato lleno de desafíos. Su administración ha sido caracterizada por una mezcla de éxitos y obstáculos: desde gestionar la pandemia de COVID-19 y sus repercusiones económicas hasta impulsar importantes legislaciones en infraestructura y cambio climático. Sin embargo, las constantes preocupaciones sobre su edad y su capacidad cognitiva han sido una sombra persistente sobre su mandato. La decisión de no buscar la reelección puede interpretarse como un reconocimiento pragmático de estas realidades: al retirarse de la carrera, evita una campaña extenuante que se centraría inevitablemente en su edad y aptitud para el cargo, y permite que su legado se defina por sus logros en lugar de por una reelección incierta. Este movimiento, aunque para algunos sorprendente, ha dejado aliviado a muchos demócratas, simpatizantes e indecisos, permitiéndoles mirar hacia el futuro con esperanza renovada y una oportunidad de innovación en el liderazgo.
A pesar del alivio momentáneo, hay junto ello un aire de incertidumbre que ha desatado un escarceo entre los líderes demócratas para definir la figura que los representaría en la contienda electoral de noviembre del 2024. Entre otros de algunos gobernadores, los nombres que generaron en su momento mayor impacto fueron el de la actual vicepresidenta, Kamala Devi Harris, y el de la antigua primera dama, Michelle LaVaughn Robinson Obama. Luego del anuncio de Biden y su posterior endoso a Harris, se sumaron los Clinton, y por lo menos 215 demócratas, entre ellos senadores, diputados y gobernadores. Semanas después los Obama endosaron a Harris, poniendo a dormir cualquier duda sobre una eventual candidatura de Michelle Obama.
A pesar de que la gestión de la vicepresidenta Harris ha sido objeto de críticas mixtas, que su aprobación pública ha sido tibia, y aunque no había logrado consolidar una base sólida de apoyo que la proyecte como una clara favorita, quien suscribe considera que Kamala Harris es la sucesora natural de Biden. No sólo por poseer un historial impresionante de éxitos alcanzados a lo largo de su extensa trayectoria política, sino también porque, como vicepresidenta, ha estado involucrada en el corazón mismo de la administración de Biden, acumulando una experiencia invaluable en el proceso.
Kamala ha demostrado habilidades de liderazgo y una comprensión profunda de las políticas públicas a lo largo de su carrera. Ha gestionado con competencia y eficacia una amplia gama de responsabilidades como vicepresidenta, desde liderar la respuesta del gobierno a la pandemia hasta representar a los Estados Unidos en el escenario internacional. Su conocimiento profundo de la política interna y externa es un activo invaluable.
Además, Harris simboliza la diversidad, la inclusión y el progresismo social, valores fundamentales del Partido Demócrata. En ella se consolidaría la visión de diversidad que caracteriza a la sociedad de los Estados Unidos y se quebraría el llamado «techo de cristal»: de obtener la victoria, sería la primera mujer en ocupar oficialmente la presidencia de ese país (fue presidente en funciones por espacio de una hora y veinticinco minutos el 19 de noviembre de 2021 mientras el presidente Biden era sometido a una colonoscopia). También es una oradora elocuente y tiene la capacidad de conectar con diversos grupos de votantes que normalmente no participan en la política o lo hacen tímidamente. Su habilidad para comunicar políticas y sus implicaciones de manera clara y convincente es crucial para una campaña presidencial efectiva.
(En lo que respecta a su compañero de boleta, debe enfocarse en una figura de popularidad y carisma dentro y fuera del Partido Demócrata. Alguien que tenga una presencia magnética pero que sea de un corte más conservador o «céntrico», con capacidad para movilizar a los votantes que son más moderados y sobre todo que sea capaz de conseguir votos donde su liberalismo no es tan bien recibido).
Kamala Harris tiene una oportunidad única para alzarse con la victoria. Su liderazgo probado, su capacidad para navegar las complejidades de la política estadounidense y su gran capacidad de recaudación, la convierten en la mejor opción para enfrentar los desafíos que se avecinan. En un momento de incertidumbre y de desafíos sin precedentes, los demócratas deben tomar decisiones audaces y estratégicas para poder hacerle frente a su popular contrincante.
A pesar de las luces que pudiera tener la casi segura candidata demócrata, ella y su partido tienen por delante una tarea titánica. Deben planificar una estrategia, afinar bien las tácticas, y dar golpes certeros que reenfoquen la atención en los logros de la gestión de Biden: deben transformar este momento de incertidumbre en una oportunidad de renovación y progreso atrayendo la mayor cantidad de republicanos disgustados y a los denominados «nunca Trump« ». Apoyar unánimemente a Harris como la candidata demócrata para 2024 es la clave del éxito para cohesionar una fuerza capaz de superar el desafío que significa enfrentar a Trump. Deben jugarse todas las cartas y planificar respuestas contundentes ante cualquier escenario, cualquier ataque y cualquier tipo de oposición, recordando una de las enseñanzas de Benjamin Franklin: «Si no planificas, estás planificando el fracaso».