Una llegada inesperadamente esperada

Lunes 22 de noviembre del año 2010, 8:22 am.-

Hoy es el día que nunca esperé que esperaría.

El reloj marca las 4:45 am… como si fuera importante la hora cuando estás tumbado pero no logras conciliar el sueño toda la noche. Los ronquidos del otro lado de la cama no son más que una sinfonía que adorna el silencio de la silente madrugada y el ruido de mis pensamientos.

Entre gritos esporádicos (quizás por la hora, quizás por el estado) ella rebusca en todo el armario sus zapatos favoritos. Yo no logro armonizar la concentración producto de las caricias de Morfeo que por fin llegaron. Entre sus desesperantes lamentos, mis bostezos y el crepúsculo matutino, solo atino a decir con voz dulce y cansada: «Están en tu bulto de mano».

Entre nervios y alegrías llega la hora de salida y nos apresuramos con la intención de llegar con tiempo suficiente para preparar su llegada. Nuestro destino es un hospital que se encuentra 20 minutos hacia el sur por la autopista Interestatal 95 (I-95), pero para poder hacer uso del único vehículo disponible para nuestro largo recorrido, es necesaria una parada 15 minutos hacia el norte en la ciudad de Attleboro, Massachusetts. Contrario a lo que uno esperaría por la hora, la autopista ya cuenta con una gran cantidad de vehículos en consonancia con la apresurada vida de los norteamericanos y su desplazamiento. Con suficiente tiempo y logrado el objetivo inicial, empieza nuestra travesía y con ella las inesperadas primeras contracciones.

Luego de un agonizante trayecto, llegamos al Hospital de Mujeres e Infantes de Providence, Rhode Island. Al ver mi raudo movimiento, mi turbado semblante y escuchar sus gritos de dolor, unos enfermeros que tomaban café para disipar el sueño y combatir el álgido clima típico del invierno angloamericano, buscaron velozmente una silla de ruedas y la llevaron al área de preparto. Quiero entrar con ella y vivir la experiencia de inicio a fin, pero no puedo dejar el vehículo estacionado en la zona de emergencia del hospital… ¡Qué dilema! Un policía estatal que circundaba el área, me indicó que el vehículo podía permanecer allí mientras completaba su ingreso y los trámites legales. Quién iba a imaginar que entre tantos policías estatales gruñones y rostros de piedra, iba a encontrar uno con tacto y sentido tan humano.

Entro al hospital vuelto un manojo de nervios y titubeos, preguntando por la sala de preparto a cuanto empleado del hospital alcanzo a ver. Un conserje por fin me da direcciones como si fuera un niño y hasta ofrece llevarme. Parece haber notado el miedo y la leve deficiencia cognitiva que me invadía.

«Ve por ese pasillo que parece largo pero no lo es —me instruye mientras apuntaba hacia la izquierda—, recórrelo hasta el final y encontrarás a la derecha el ascensor y las escaleras. Vas al segundo piso y a la derecha notarás que llegaste al área de los niños».

Luego de correr a paso doble por más de 5 minutos (no debí creerle al conserje y su generosa percepción de la distancia), con la lengua colgando y sin aliento, llego al lugar donde la tenían acostada en una camilla esperando por la doctora de turno. La saludo y le sonrío haciendo mi mayor esfuerzo por mantener un porte sobrio, templado y confiado. La obstetra entra a la sala y luego de una revisión (tan corta que ni siquiera podría haberla medido con un reloj atómico) nos indica que el parto no podía esperar la cesárea programada (planeada para las 9:00 am) y que sin dilatarse la llevarían a la sala de cirugía para comenzar el procedimiento. Dirigiéndose directamente a mí, la doctora expresa enérgicamente (cual orden de superior a subalterno): «¡Ya es hora, si quieres estar ahí para recibirla tienes que alistarte ya!». Yo, que no tuve tiempo de recuperar el hálito perdido por mi trote desde la entrada de la emergencia hasta el segundo piso, y más extraviado que los tripulantes de las calaveras de Colón, me pongo un pijama quirúrgico desechable provisto por una enfermera al tiempo que intento seguirle el paso al camillero que la llevaba al quirófano.

Debido al arranque desenfrenado provocado por la espeluznante incertidumbre, dejé en el área de preparto nuestras identificaciones, su bolso y bulto, mi billetera, el reloj que me había quitado para soportar los apretones al compás de las contracciones… En fin, nada traje conmigo mas que mi disfraz de alegría golosa de padre primerizo. Su madre —a quién habíamos llamado camino al hospital y que ya se encontraba allí— me envía con una enfermera el instrumental típico, necesario e imprescindible de un millennial: Los teléfonos celulares y la cámara digital.

Una vez en el quirófano, le inyectan la solución de anestésico local conocida como epidural. Ella comienza a calmarse, se alivia su sensación de dolor, pero no su ansiedad. Comienza el procedimiento en la parte inferior de su cuerpo, mientras en la parte superior (dividida por un manto) estamos sonriendo, tomados de manos y esperando. Siete personas en total intervienen: La obstetra, una enfermera ginecobstetra, una enfermera neonatóloga, una asistente quirúrgica y tres residentes del área de ginecología y obstetricia.

La doctora —al tiempo que hacía un corte— me llama por mi muy pronto atinado sustantivo: «Papá, prepárate para la primera foto cuando dé la señal». No bien transcurren diez segundos y la doctora casi susurrando dice «Ok, ya salió». Deduciendo que esa era la señal y presionando el botón de obturación de mi cámara digital, salto de la silla, apunto, y el flash procede a cegar a todos mientras nuestra bebé pega un ineludible grito de victoria y salutación al mundo. La doctora, con cara de pocos amigos, todavía recuperando la vista y en tono de sermón, me afirma que todavía no era el momento. Aquella señal era para la enfermera de neonatología, quien estaba a cargo de realizar el test de Apgar una vez ocurriera el nacimiento.

Desde el día que supe la noticia de que sería padre, imaginé esas últimas horas antes del parto como la preocupación más grande de mi vida… ¡Qué ilusos somos los mortales bonachones! Ver a la enfermera neonatal girar a mi hija recién nacida, ponerla de cabeza, introducirle la perilla de succión por las fosas nasales y por la boca, levantarla por su frágil cuello y limpiarla como si fuera una pieza de cobre viejo…: ¡Eso si fue preocupante! De tal forma que en un momento de desesperación y respaldado por la ignorancia, con voz chillona, espantada y sin tener en cuenta que la enfermera podría ser mi abuela —por sus plateadas canas, su contextura física arrugada de experiencia y su voz—, le lanzo un regaño: «¿Podría usted ser más delicada?». Disminuyendo el ritmo y los movimientos de limpieza y mientras acariciaba la mejilla izquierda de mi hija, se vuelve hacia mí (que ya estaba siendo sermoneado por su madre por haber regañado a la enfermera) y mirándome fijamente me espeta: —¿Eres primerizo, verdad? — preguntó mientras inclinaba la cabeza en sentido vertical para mirarme por encima de sus grandes espejuelos. —Si, es mi primera experiencia— contesté. —Yo tengo treinta años siendo enfermera de neonatología, creo que sé lo que estoy haciendo— me respondió con voz tierna y cierto tono condescendiente. Cabizbajo, mientras me imaginaba asumiendo la posición fetal por la vergüenza, mis labios apenas se separan para dejar salir la disculpa y pedirle que continuara con su labor.

Al fin llega la hora de tenerla en mis brazos por primera vez, y al hacerlo, mientras posábamos para nuestra primera foto, justo en ese preciso instante lo comprendí: la felicidad absoluta no se expresa con algarabía, carcajadas, bombos y platillos o redoblantes, sino con una sonrisa apenas perceptible y mientras se contempla en un silencio insondable.

Luis Decamps hijo

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