El día 2 de marzo del presente año ante la sorpresa de muchos el director de la Policía Nacional, mayor general Nelson Peguero Paredes, dio una declaración a la prensa donde aclaró —o intentó aclarar— la confusión generalizada sobre quienes recibirán el aumento indicado por el presidente Danilo Medina en su discurso de rendición de cuentas el pasado 27 de febrero. Peguero Paredes señaló: «Los policías patrulleros, así como los policías que trabajan en investigaciones criminales: ¡Los policías que trabajan! Ahora, el policía vago, tendrá un aumento básico que se le hizo a todos los miembros de la Policía Nacional». Y ante la pregunta de un periodista sobre cuales son esos policías vagos, el mayor general precisó: «Los policías que no trabajan directamente en el servicio que brinda la policía…».
A raíz de estos señalamientos por parte del director de la Policía Nacional (anteriormente conocido como «Jefe» gracias a la herencia trujillista), han surgido nueva vez múltiples incógnitas que ponen en evidencia la ineficacia del oficial superior como gerente de la institución de protección ciudadana más importante del Estado dominicano. Para poder comprender qué quiso decir, tendríamos que elaborar todo un catálogo de preguntas para el mayor general Peguero, comenzando por la más obvia de todas: cuando se refiere a los «policías vagos», ¿a quiénes se refiere?
Suponiendo que su respuesta sea tan amplia como la que comunicó a los periodistas, habría que continuar preguntando: ¿Se refiere a los policías que han denunciado —y continúan denunciando— abusos dentro de la institución? ¿Se refiere a los policías que están asignados a los funcionarios establecidos por la ley? ¿A los que están asignados al margen de la ley? ¿A los miembros que luego de su rango tienen un título académico y ejercen función profesional no policial? Cuando usted habla de los policías que patrullan, ¿se refiere a los policías que vigilan el polígono central y las zonas aledañas, a los que maltratan a los ciudadanos pisoteando sus derechos o a los que «macutean»?
Como lo establece la Ley Orgánica de la Policía Nacional en su artículo 28, entre las atribuciones podemos señalar que el director general: dirige, implementa y controla la ejecución de políticas de seguridad pública; coordina y supervisa el trabajo de las direcciones y departamentos; administra los recursos financieros; efectúa los nombramientos y contrataciones; ejerce la representación judicial y extrajudicial de la institución; dirige la elaboración de informes a someter ante el Consejo Superior Policial; evalúa, analiza y rinde cuentas por las acciones, planes y proyectos ejecutados; sirve de mediador para el establecimiento de cooperación policial, propone condecoraciones, recomienda ascensos de miembros policías, así también sus destituciones; vela por el correcto uso del uniforme policial, el cumplimiento de la transparencia en las licitaciones y suscribe los contratos policiales en nombre del Estado; da informes de acontecimientos relevantes, datos de inteligencia y actividades criminales; colabora en la organización y el sostenimiento de sistemas eficaces junto a las instituciones que integran el Sistema Nacional de Inteligencia del Estado y, por último, elabora el anteproyecto del presupuesto de dicha organización y lo presenta ante el Consejo Superior Policial.
Sin ánimos de animadversión, con todo el respeto que merece por su trayectoria policial, su argentada testa y, tomando en cuenta que no es un policía patrullero y que recibe reportes y supervisa las investigaciones mas no participa en ellas, sería pertinente preguntarle mayor general Nelson Peguero Paredes, ¿es usted un vago?
Tomando en cuenta que por su designación, quién dirige la Policía Nacional es ascendido —durante el ejercicio de la función— al rango de mayor general y siendo usted, por lo tanto, la máxima autoridad policial, ¿qué le imposibilita sancionar a uno de esos policías? ¿No se supone que acatar órdenes superiores es la piedra angular de las instituciones policiales y militares? ¿Qué don de mando, gerencia y dirección tiene usted si cualquier oficial se dedica a otra cosa que no sea su trabajo sin preocupación por las repercusiones? ¿Qué hacen los policías vagos que usted menciona que no hacen «los policías que trabajan»? ¿Qué está usted haciendo para corregir esa vagancia masificada? ¿Cuál es la razón por la que esos policías se mantienen al margen de su obligación? ¿Por qué no ha actuado basado en la información que usted maneja? ¿Se premiará a los policías vagos con un aumento de sueldo en vez de «ponerlos en cintura», suspenderlos o destituirlos?
Es evidente que no existe un régimen de consecuencias para los integrantes de la institución y que las sanciones establecidas en la ley o aplican para un grupo reducido o no aplican para nadie. Esto lo deja entredicho el reconocimiento, la exposición y el adjetivo con el cual usted con mucha propiedad tipifica a un grupo de la familia policial. Cabe entonces preguntarle: la existencia de esos insurgentes, ¿es una casualidad o una causalidad de su inacción?
No sé si soy el único en hacerme estas preguntas que de una forma u otra ponen en evidencia que la institución, su importancia social y sus miembros, están mal representados, mal guiados y mal administrados. Sin culparlo de forma exclusiva, descalificar su rango o desconsiderar su experiencia (pero dándole al César lo del César), la dirección de la Policía Nacional, mayor general Paredes, le ha quedado grande.
Quizás la culpa es compartida. Quizás, mayor general Peguero, la vagancia —parafraseando aquella frase funesta del Dr. Joaquín Balaguer— se detiene en la puerta de su despacho. O quizás usted es una víctima del propio entramado humorístico, disparatado y antidemocrático que han empleado y trazado como pauta otros jefes de la institución, de la cual usted una vez fue subalterno. O a lo mejor, usted es un testaferro de culpa, un guardametas de faltas, una esponja de críticas, un imán de tropiezos o una figura simbólica que su única función real es la de recibir, amortiguar y desviar la responsabilidad de hacerle frente a los ardorosos reclamos de la sociedad. Asumiendo un adeudo careciente de toda gloria y dueño de toda responsabilidad —como los héroes, los humildes, los del montón salidos— que no le compete, que no le calza y que debería recaer sobre el Comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, no sobre usted.
Quizás peco de iluso intentando señalarlo como una víctima y no como un oficial condecorado, como un rígido seguidor de órdenes, como un centinela de su superior; quizás de inocente, al desear que usted reconociera que sus faltas, inacción e ineficacia gerencial son la causa de lo que hoy usted agitadamente denuncia. O quizás, esa herencia trujillista, franqueada por el balaguerismo y perfumada por las políticas populistas de los gobiernos posteriores, no se detiene en un nombre, sino que se extiende a la mediocridad con la que se manejan los puestos de dirección.
Quizás, solo quizás, director Peguero, en las filas de la Policía Nacional los requisitos para ascender a sus miembros, son una farsa; sus funciones, una burla y el proceso riguroso de reclutamiento, inexistente. Parece que en lugar de pasar por un proceso exhaustivo de admisión, clasificación y elección, se aplica la máxima patriótica de aquel expresidente del Senado: «¡Entren todo’ coño!…».
Luis Decamps Blanco