Un hombre que conocí siendo un niño, marcó mi existencia. Todavía hoy, se identifica como político revolucionario y fundamentalmente como humanista romántico, pero es mucho más que eso.
Es un admirable paladín de la justicia, la verdad y la ética. Sobre todo en estos tiempos donde las injusticias, las falsedades y la desmoralización, marcan el inmenso arrastre de decadencia ideológica que vive la humanidad. Una época, que lejos de continuar hacia la humanización, la fraternidad y la igualdad, concibe a la tecnología y su adquisición, comercialización salvaje e individualización, como pilares únicos de la sociedad. Aparte de él, solo conozco hombres así en escritos épicos y obras apócrifas. Pertenece, sin duda, a una estirpe de hombres que solo aparecen en aquellos cuentos, odas y elegías que imponen su criterio a base de honradez, conocimiento, lealtad y caballerismo. Es un hombre estricto, de poco hablar —cuando de autoridad se trata—, de pasos firmes y decisiones inflexibles, de coraza impenetrable pero de vastas cicatrices: las físicas, producto de su lucha juvenil en favor de la democracia y la libertad; las espirituales, de su incansable y noble búsqueda de virtud, en ésta quimera de sociedad que lejos de una utopía ideológica, se asemeja a una distopía ejemplar.
Luis Decamps hijo
Toy seguro que estás hablando de tu papa…
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