Fabio Fiallo

Gólgota Rosa

A Ana María Menocal

Del cuello de la amada pende un Cristo, 
joyel en oro de un buril genial, 
y parece este Cristo en su agonía 
dichoso de la vida al expirar.

Tienen sus dulces ojos moribundos 
tal expresión de gozo mundanal, 
que a veces pienso si el genial artista 
dióle a su Cristo alma de don Juan.

Hay en la frente inclinación equívoca, 
curiosidad astuta en el mirar, 
y la intención del labio, si es de angustia, 
al mismo tiempo es contracción sensual.

¡Oh, pequeño Jesús Crucificado!, 
déjame a mí morir en tu lugar, 
sobre la tentación de ese Calvario 
hecho en las dos colinas de un rosal.

Dame tu puesto, o teme que mi mano 
con impulso de arranque pasional, 
la faz te vuelva contra el cielo y cambie 
la oblicua dirección de tu mirar.

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For Ever

A Juan T. Mejía y Porfirio Herrera

Cuando esta frágil copa de mi vida, 
que de hermosuras rebosó el destino, 
en la revuelta bacanal del mundo 
ruede en pedazos, no lloréis, amigos.

Haced de un rincón del Cementerio, 
sin cruz ni mármol, mi postrer asilo, 
después, ¡oh! mis alegres camaradas, 
 seguid vuestro camino.

Allí, solo, mi amada misteriosa, 
bajo el sudario inmenso del olvido, 
¡cuán corta encontraré la noche eterna 
para soñar contigo!

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En el atrio

Deslumbradora de hermosura y gracia,
en el atrio del templo apareció,
y todos a su paso se inclinaron,
menos yo.

Como enjambre de alegres mariposas,
volaron los elogios en redor:
un homenaje le rindieron todos,
menos yo.

Y tranquilo después, indiferente,
a su morada cada cual volvió,
e indiferentes viven y tranquilos
¡ay! todos, menos yo.

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Astro Muerto

La luna, anoche, como en otro tiempo,
como una nueva amada me encontró; 
también anoche, como en otro tiempo, 
cantaba el ruiseñor.

Si como en otro tiempo, hasta la luna 
hablábame de amor, 
¿por qué la luna, anoche, no alumbraba 
dentro mi corazón?

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El silencio de unos ojos 

Qué me dicen tus dulces ojos negros, 
tan cargados de sombras, ¡oh, adorada! 
que en la noche me basta su recuerdo 
para llenar mi corazón de lágrimas.

Qué me dicen tus dulces ojos negros, 
en su silencio lleno de palabras 
tan leves, que el oído nunca advierte 
cuando se adentran en mi oscura entraña…

Tal dos aves que buscan su refugio 
en un agrio peñón de oculta playa, 
y en su áspero nidal, en vez de cánticos 
alzan al cielo súplicas calladas.

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En tierra de Quisqueya

Gloriosos argonautas que en el nueve de Julio 
desplegáis a los vientos un blanco pabellón, 
cuando en el lar nativo pregunten vuestras damas 
cómo son en Quisqueya campos y cielo y sol,

responded que los campos son montes de esmeralda 
y se oye en cada rama un pájaro cantor; 
que mil variadas flores perfuman el ambiente, 
que es un zafiro el cielo y es un topacio el sol.

Si inquieren por nosotros: -¿Son felices?.. Decidles: 
-Los vimos en cadenas vencidos a traición… 
Mustias están sus frentes, sus brazos abatidos, 
y en sus pechos no caben más odio y más dolor.

Aprended de nosotros, ¡oh pueblos de la América!
los peligros que encumbre la amistad del sajón;
sus tratados más nobles son pérfida asechanza,
y hay hambre de rapiña en su entraña feroz.

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Era una tarde

¡Oh, mi amada! ¿te acuerdas? Esa tarde 
tenía el cielo una sonrisa azul, 
vestía de esmeralda la campiña 
y más linda que el sol estabas tú.

Llegamos a las márgenes de un lago. 
¡Eran sus aguas transparente azul! 
En el lago una barca se mecía, 
blanca, ligera y grácil como tú.

Entramos en la barca, abandonándonos, 
sin vela y remo, a la corriente azul; 
fugaces deslizáronse las horas; 
no las vinos pasar ni yo ni tú.

Tendió la noche su cendal de sombras; 
no tuvo el cielo una estrellita azul… 
Nadie sabrá lo que te dije entonces, 
Ni lo que entonces silenciaste tú…

Y al vernos regresar, Sirio en oriente 
rasgó una nube con su antorcha azul… 
Yo era feliz y saludé una alondra. 
Tú… ¡qué pálida y triste estabas tú!

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Plenilunio 

A Américo Lugo

Por la verde alameda, silenciosos,
íbamos ella y yo;
la luna tras los montes ascendía,
en la fronda cantaba el ruiseñor.
Y la dije… No sé lo que la dijo
mi temblorosa voz…
En el éter detúvose la luna,
interrumpió su canto el ruiseñor,
y la amada gentil, turbada y muda,
al cielo interrogó.
¿Sabéis de esas preguntas misteriosas
que una respuesta son?…
Guarda, oh luna, el secreto de mi alma!
Cállalo, ruiseñor!

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Quien fuera tu espejo

¿Cuán feliz es el sol! En las mañanas 
por verte su carrera precipita, 
a tus balcones llega, y en cada alcoba 
penetra por la abierta celosía.

Al blanco lecho en que reposas, sube, 
a tu hermosura da calor y vida, 
tornase ritmo en tus azules venas, 
y epigrama de luz en tus pupilas.

Mas, yo, no envidio al sol, sino al espejo
en donde ufana tu beldad se mira,
que te ama, alegre, cuando estás delante,
y al punto que te vas de ti se olvida.

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Sándalo

Es su espíritu lámpara encendida 
en el callado altar del sacrificio, 
y son dos piedras de ese altar propicio 
el duro seno en que su fe se anida.

Ni una vez tu pupila endurecida 
el vértigo sintió del precipicio, 
ni pudo despertarle un solo indicio 
el pecado al rozarla por la vida.

Si pesada es su cruz nadie lo advierte: 
De tal modo es alígera su planta, 
y, como alondra, cuando sufre canta.

Breve, igual a una flor, será su muerte…
Y cuando muera, un suave olor de santa
perfumará los labios de la muerte.